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Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Alquisiras, Pedro Ascencio

Las acciones guerrilleras –generalmente exitosas– de Pedro Ascencio provocaban que éste fuera descrito por los realistas como el personaje más sombrío y terrible que pueda imaginarse; sus hazañas eran adulteradas con el mayor dolo, pintando al guerrillero como un hombre sanguinario que degollaba ancianos, mujeres y niños; un saqueador de templos, que ahorcaba a los sacerdotes; un violador que mancillaba a las doncellas y las entregaba después a la ferocidad de sus hombres. Todo ello hacía que el vulgo creyera que Pedro Ascencio era un verdadero Atila indígena; sin embargo, éste empezó a disfrutar entre la población una peligrosa popularidad y en vez de ser odiado, como los realistas esperaban, era temido y respetado.

La narración de la vida de Pedro Ascencio llegó a ser una leyenda popular; el día en que La Gaceta de México se refería a alguna de sus proezas, o bien se publicaba en este periódico algún parte de los jefes realistas que lo perseguían, ese día se agotaban todos los ejemplares; se hablaba de él en todos los círculos y en todas las clases sociales.

El romancesco modo con el que referían las proezas de Pedro Ascencio tenía, por cierto, mucha influencia en la popularidad de que disfrutaba este guerrillero; se sabían perfectamente en la capital de la Nueva España los resultados de sus acciones militares y de todas las disposiciones que tomaba y, como es natural, por ellas se deducían sus talentos políticos y militares y la importancia de su permanencia en el sur, a pesar de lo despreciable que lo pintaban los realistas.

No obstante, estaba escrito que el bravo caudillo indígena había de sucumbir a manos de sus enemigos antes de ver consumada la independencia de la patria. Tras los espléndidos triunfos obtenidos por Ascencio, la hora del infortunio llegó para él.

Al saber Pedro Ascencio que el realista Márquez había salido de Cuernavaca para Acapulco, con las mejores tropas y recursos que en el primer punto existían quiso aprovechar esta circunstancia para dar un golpe seguro a Tetecala y Cuernavaca; para ello marchó con 800 hombres sobre la primera ciudad. El criollo José Pérez Palacios era su segundo en el mando.

Cuando se supo en Tetecala la proximidad de Pedro Ascencio y sus hombres, Dionisio Boneta, el comandante realista de esa población, pidió auxilio al comandante de Cuernavaca –un individuo llamado Huber–, haciéndole saber que sucumbiría si no le prestaban ayuda. El tal Huber, al parecer, no tenía tropas suficientes ni para defender adecuadamente la plaza de Cuernavaca y en tan críticas circunstancias recurrió a don Javier del Yermo, dueño de la Hacienda de San Gabriel, pidiéndole en nombre del Rey que con los dependientes y mozos de la hacienda, montados y armados, le auxiliasen; así se hizo y el comandante Huber, con toda esa fuerza, la que pudo reunir en Cuernavaca, más los urbanos de Huitzuco y Tepecoacuilco, marchó para Tetecala a enfrentar a los guerrilleros de Pedro Ascencio,

Alamán cuenta que, entre tanto, Pedro Ascencio había llegado al frente de esa plaza el 21 de junio de 1821 exigiendo su rendición; sin embargo, los defensores no aceptaron entregarse y se desató el asalto. Tres veces los insurgentes penetraron hasta las calles céntricas de la población y otras tantas fueron rechazados; llegó la noche, pero el fuego cruzado continuaba tenazmente hasta que a las 22:00 horas Pedro Ascencio se retiró a las haciendas de Miacatlán y del Charco, dejando a la vista de Tetecala una partida de observación en el cerro de la Cruz.


“En el CCXXIII aniversario de su natalicio, pueblo y gobierno rinden homenaje al último caudillo de la Guerra de Independencia, que con orgullo da nombre a este municipio, Ixcapuzalco, Gro. 29 de junio de 2002.”

Amaneció el día siguiente y Pedro Ascencio –continúa el relato de Alamán– volvió a emprender con todo ardor el asalto a la plaza; después de un ligero combate que le valió apoderarse a viva fuerza de algunas casas cercanas al zócalo de Tetecala el jefe guerrillero recibió la noticia de que el comandante Huber y su contingente armado se dirigía en auxilio de los sitiados. Ascencio les sale al encuentro con un pequeño cuerpo de caballería y algunos hombres de a pie, encontrándose en un paraje llamado Milpillas, y se acometieron con tal violencia que nadie tuvo tiempo de hacer uso de las armas de fuego, empeñándose el combate con armas blancas.

La lucha –describe Alamán– fue horrible y sangrienta; hombres y caballos caían macheteados y a lanzadas en medio de la confusión de la bárbara matanza; en un momento de la batalla, Pedro Ascencio se aleja 200 varas, seguido por sus enemigos, quienes lo rodean en número de 13 y lo atacan desesperadamente.

Entre los dependientes de la hacienda de San Gabriel iba un español llamado Francisco Aguirre, quien sigilosamente se acercó a Pedro Ascencio y lo anduvo siguiendo largo rato, colocándose siempre a la espalda del jefe guerrillero, y en uno de los momentos en que Pedro Ascencio era atacado afanosamente por el frente, por varios adversarios, Aguirre tuvo la sangre fría de levantar lentamente su machete descargándolo sobre la cabeza del caudillo indígena, matándolo en el acto, situación que motivó la huida desordenada de sus hombres.

Enseguida, los vencedores le cortaron la cabeza y se la enviaron a Armijo a Cuernavaca, en donde éste y el comandante Huber la mandaron exhibir en un paraje público, con un lacónica inscripción arriba de ella que decía simplemente: “Cabeza de Pedro Ascencio”.

Los restos mortales de Pedro Ascencio se encuentran en Miaycuamantitlán, Mazatepec, como lo informa el jefe político de la región, en el año de 1823, en un documento que se localiza en el Archivo Histórico del estado de México.

Es de mencionarse que el nombre de este héroe patrio está inscrito en letras de oro en el Palacio Legislativo Nacional y que en su honor fue constituido en el estado de Guerrero, el 29 de noviembre de 1890, el municipio de Pedro Ascencio Alquisiras, ubicado en la región norte de nuestra entidad.

No queremos concluir la breve reseña sobre este ejemplar guerrillero indígena sin hacer notar que Pedro Ascencio no sólo rechazó el indulto que le ofrecía Iturbide, sino que se oponía a toda negociación con él como representante del realismo; su inalterable posición fue el motivo por el cual se le ocultaron, en sus inicios, las comunicaciones epistolares entre Iturbide y Guerrero, que pretendían en realidad –con el desconocimiento de don Vicente– la independencia política de México, pero sin cambios generales en la estructura social del nuevo país que afectaran a las altas clases sociales que en la Colonia tenían todo y componían el vértice de la pirámide poblacional de la Nueva España y, por otro lado, que beneficiaran a la población desprotegida de la Nueva España, que representaba el 90% del total.

Héctor O. Sumano Magadán, escritor mexiquense, nos dice sobre Pedro Ascencio lo siguiente: “De los hombres que dedicaron su vida a la lucha de independencia de México de una manera honrada y libertaria, oponiéndose a toda forma de absolutismo, y a quien se le rinde un homenaje permanente, es Pedro Ascencio de Alquisiras, ya que sus hechos históricos mantuvieron un vigoroso espíritu de nacionalidad, que en la actualidad robustecen el ánimo popular de seguir dando la batalla a la reacción, con la bandera de Miguel Hidalgo y Costilla, de Independencia Nacional y buen Gobierno”.

Don Guillermo Prieto escribió dos largos corridos, en la segunda mitad del Siglo XIX, titulados Romance de Pedro Ascencio y Romance de los Adictos y de la Cueva del Diablo, que se publicaron en el Romancero Nacional, con prólogo de Ignacio Manuel Altamirano, los cuales describen claramente al guerrillero; uno lo hace en sus inicios y traza el perfil físico de nuestro personaje, y en el otro, a medio corrido se cuenta la reacción de Iturbide ante las proezas militares del caudillo indígena. Se transcriben los dos párrafos mencionados:

Lacio cabello, alta frente
moreno, los ojos negros
flaco, nervudo, expedito,
el cuerpo más bien pequeño,
pero soberbio y erguido
era el bravo de Pedro Ascencio

Oyendo de los de Ascencio
los vítores y las dianas.
La nueva sabe Iturbide,
y ocultando la desgracia,
a su secretario dicta,
grave y tranquilo, dos cartas.
En la una le desfigura
los sucesos a Apodaca
diciendo que la victoria
himnos en su campo canta.
En otra, invita a Guerrero
a tratarse de palabra
jurando que todo cede
en honra y bien de la Patria...

 (BM/FLE)