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Ing. Fernando Sánchez Garibay

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García Jiménez, Juan

Escritor. Nació en Ometepec el 21 de marzo de 1916; murió en la Ciudad de México el 1 de abril de 1967. Sus restos descansaron en el Panteón Civil de Dolores, y el 1 de abril de 1990 fueron reinhumados en la Rotonda de los Hombres Ilustres de Chilpancingo.

José Manuel López Victoria (1916–1990), en su inédito Diccionario biográfico del estado de Guerrero, afirma que García Jiménez nació en la Barra de Tecoanapa, “siendo hijo del coronel y licenciado Bruno Rosas Radilla y de Margarita Jiménez León, casada en Ometepec con el capitán Juan García”. Andando el tiempo, cuando el poeta ya debía tener nietos, padre e hijo se encontraron en la hermosa playa de Caleta e hicieron del prodigio una fiesta que duró hasta el amanecer. El ingeniero Ricardo Álvarez Heredia atestigua que conoció al licenciado Bruno Rosas, de aspecto poco consolador, pues había aguantado nada menos que dos fusiladas, por lo que estaba inválido; hubo afecto entre los dos: el padre de Heredia fue sinodal en el examen profesional de don Bruno, quien, en definitiva, murió asesinado por el coronel Esteban Estrada.

De Ometepec fue a la Ciudad de México. Ingresó a la Escuela Nacional de Maestros. Ejerció el periodismo y se relacionó con los bohemios más esclarecidos del momento. Había un desorden armónico en su vida; leía y captaba la esencia de los autores que caían en sus manos. Sufrió altibajos domésticos; al final, la diosa fortuna le dio un premio de lotería que fue llovizna sobre el desierto y llegó a ser oficial del Registro Civil (sucesor del casamentero número 1 en el D. F., el licenciado Próspero Olivares Sosa), negándose a leer la epístola de Melchor Ocampo, y empleaba poemas para enaltecer a los recién casados.

Publicó poemas en la revista Vórtice. En los poemas que aparecen en la Antología de poetas guerrerenses de Lamberto Alarcón, 1944, puede advertirse que dos habilidades conducen su vida: el dominio del romance y la capacidad para mantener el ritmo poético al emplear un lenguaje rústico, que en cualquier otro autor hubiera sido artificial, pero que en él es la forma medular para conseguir la sencilla expresión.

Nada hay nuevo bajo el sol: José María Gabriel y Galán (1870–1905) y Vicente Medina (1866–1937) inician en España un modo diferente de lograr la poesía. Medina publica Aires murcianos, en 1898, año crucial para la vida hispana, que recibieron elogios de Leopoldo Alas “Clarín”, de Miguel de Unamuno, de Juan Maragall y de Azorín; además, fueron aceptados gratamente por el público. Quizás era una manifestación contra el romanticismo ya en declive; esa poesía regional, con giros y vocablos dialectales, era un nuevo respiro.

Tal estilo habrán de aclimatarlo a nuestro suelo Antonio Guzmán Aguilera, que con “La Chacha Micaila” dio inicio a muchos poetas vernáculos; Aurelio González Carrasco, junto con Guzmán, se afanan en el teatro de género chico que criticaba los aspavientos de la Revolución; y Carlos Rivas Larrauri, de vida tormentosa, caótica, que dará  fortaleza a esa forma poética con su libro Del arrabal.

No está  de más agregar que, desde 1883, había circulado profusamente Musa callejera de Guillermo Prieto. Allí podemos encontrar las metátesis más coloquiales, inexactitudes verbales, trueques vocálicos, anacronismos sintácticos, apoyo de letras eufónicas para dar vigor a la composición.

Ya era maestro de educación pública. Juan García Jiménez llamó la atención del diplomático italiano Calógero Speziale, que propicia la publicación de Alma vernácula, en 1937. Calógero reunió, en 1936, el volumen Carnalia, que contiene poemas de varios escritores.

La poesía y el periodismo señalaron el camino de su vida; García Jiménez trabajó en México al Día, Mujeres y Deportes, La Prensa. Y confirmó su voz poética en Luna del barrio, 1955; Palabras en el bosque, 1960, y Cuando el amor cantaba, 1966.

Supo cantar los sentimientos del pueblo. Sabemos que vernáculo se refiere a lo que nos es propio y natural, especialmente hablando del idioma. Metáforas y composiciones literarias siguen la lógica del lenguaje pueblerino; la imitación fonética del habla popular, de principio, dificulta la lectura, pero después se entiende el contenido social; las metáforas abundan; se modifica la ortografía, pero en la elaboración culminante aflora el corazón vivo del pueblo que expresa sus pesares, alegrías, infortunios, desasosiegos y ambiciones. Ama lo justo y rechaza la humillación que sufre el desvalido.

La sonrisa, la risa y el sarcasmo lo condujeron a escribir ingeniosos epigramas. Vivió la vida como si se tratara de una feria, sin olvidar el rigor del conocimiento literario; el júbilo le impulsaba a crear mitos en torno a sus amigos o sobre la tertulia amena presidida, indiscutiblemente, por Dionisos.

En La Prensa publicó su grata columna “Rincón de la anécdota”. Un día antes de su muerte, en ese diario capitalino, difundió su última contribución, que estuvo dedicada al poeta Agripino Hernández Avelar.

El Gobierno del estado de Guerrero publicó su obra poética: Alma vernácula, Luna del barrio, Palabras en el bosque, Cuando el amor cantaba, México, Carsa, 1990. Y Escritores Guerrerenses, A.  C., México, Carsa, 1997, 190 pp.

El 2 de abril de 2007, el diario Vértice publicó un artículo escrito por José Rodríguez Salgado con motivo del 40 aniversario del fallecimiento del poeta. Al respecto destacamos lo siguiente: “… todo lo que escribía el maestro corría como un manantial, la poesía era su manera natural de ejercer la vida; su condición de hombre sobre el planeta. Amaba profundamente a su pueblo y nunca puso barreras a la juventud… escribía con seguridad, pleno de confianza y fácil comunicación… muchos tuvimos el privilegio de su amistad, buscamos su sombra y nos beneficiamos con su compañía…”

(AND)