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Álvarez Hurtado, Juan

Militar y político; Benemérito de la Patria por decreto del 27 de septiembre de 1861. Nació el 27 de enero de 1790 en el Barrio de la Tachuela del antiguo pueblo de Santa María de la Concepción de Atoyac, hoy Atoyac de Álvarez; murió en la Hacienda La Providencia el 21 de agosto de 1867. Sus restos reposan en la Rotonda de las Personas Ilustres, en la Ciudad de México. Fue hijo de don Antonio Álvarez, originario de Compostela, España, y de doña Rafaela Hurtado, de Acapulco.

La instrucción primaria la recibió en la Ciudad de México, en el colegio del profesor Ignacio Avilés; tres años después de haber ingresado a esa escuela, y a uno del fallecimiento de su señora madre, acaecido el 3 de mayo de 1799, regresó a su pueblo; permaneció al lado de su padre hasta febrero de 1807, año en que éste murió. Heredó un patrimonio de $30 000.00 en alhajas, bienes de campo, una casa y dinero en efectivo.

Una vez huérfano, el joven Álvarez quedó bajo la tutela del subdelegado colonial de Atoyac, hombre avaro, soberbio, orgulloso e inmoral, de quien siempre buscó liberarse. El gachupín lo convirtió en sirviente suyo, que le cuidaba el ganado y cultivaba el campo; no le daba a Juan comida adecuada, ni ropa, ni zapatos, y cuando le venía en gana llamaba al joven exigiéndole la cuenta de lo producido y de cuanto estaba a su cuidado. En las condiciones del orden social colonial, aunque hijo de padre español, era despreciado por su provincialismo y origen mestizo. Por eso, dejando sus posesiones, en la primera oportunidad se unió a las fuerzas insurgentes para pelear contra el poder opresor extranjero.

Se enlistó como soldado común el 17 de noviembre de 1810, pasando de inmediato a formar parte de la guardia personal del generalísimo José María Morelos. Se distinguió en las batallas de La Sabana y El Aguacatillo a principios de enero de 1811, donde tuvo la oportunidad de demostrar su pericia militar por primera vez; debido a ello fue promovido a capitán de caballería en el Regimiento de Guadalupe. Por acciones posteriores en Acapulco y sitios aledaños, Juan Álvarez recibió el rango de coronel del mismo regimiento de Guadalupe cuando apenas contaba 25 años de edad.

Junto con Vicente Guerrero y Pedro Ascencio Alquisiras, Álvarez se convirtió en paladín de la libertad en el sur, a la muerte de Morelos en 1815.

La vida de Álvarez fue la de un soldado guerrillero hasta el fin de la Guerra de Independencia. Su lucha sin cuartel contra los realistas, quienes lo llamaban “el Gallego” lo obligó a vivir en los alrededores de montañas y bosques, sufriendo hambres y toda clase de penalidades; desde aquí emprendía el método de la guerra de guerrillas, de atacar y correr, pues el ejército enemigo era fuerte y los insurgentes débiles en armas y pertrechos militares. No obstante, tenía clara su misión: se trataba de una cruzada, de una empresa guerrera formidable, honrada por la memoria de Hidalgo, Matamoros, Morelos y una pléyade que dieron hasta lo último que tenían en pos de la causa que representaba la emancipación de la patria.

Cuando el segundo “Grito de la Independencia” fue dado por Iturbide en Iguala, Álvarez estaba al frente de cerca de 300 soldados de tropa que utilizó en el sitio de Acapulco. Las condiciones exigían el traslado de sus hombres a la Costa Chica antes de que Acapulco capitulara y ahí tuvo cinco encuentros más con las fuerzas realistas, ganando únicamente la última batalla, que era la que realmente importaba para la rendición del puerto.

El 5 de octubre de 1821 el general Isidoro Montes de Oca comisionó a Álvarez para recibir la rendición de la guarnición y fuerte de Acapulco. Así lo hizo, con honor y en forma satisfactoria, el 15 del mismo mes, y permaneció como jefe de la guarnición hasta agosto de 1822, cuando se aseguró la independencia del país. Entonces solicitó permiso para retirarse a la vida civil, pero el nuevo gobierno desechó su petición y decidió continuar utilizando sus servicios nombrándolo comandante de Acapulco y gobernador de su fuerte.

Al ser fusilado el presidente Vicente Guerrero Saldaña, Juan Álvarez se convirtió en su heredero político más connotado. Se encontraba en Acapulco durante la captura de su jefe el 14 de enero de 1831 y, junto con él, fue invitado a una comida a bordo del bergantín Colombo anclado en el puerto. Ambos aceptaron y la única razón que evitó que Álvarez compartiera el mismo destino que Guerrero fue un disturbio en el fuerte. Guerrero le ordenó que se ocupara de ese asunto mientras él y sus subalternos acompañaban al anfitrión Francisco Picaluga al barco. Condenado por un tribunal que votó por su ejecución como traidor, su muerte acaeció en Cuilapan, estado de Oaxaca, el 14 de febrero de 1831.

Para Álvarez éste fue un golpe durísimo. Palmo a palmo había peleado con Guerrero durante los días oscuros de la Guerra de Independencia; juntos habían jurado vivir y morir por los principios del liberalismo para nuestro país.

Pero lo peor del lamentable caso vendría enseguida. La desaparición del general Vicente Guerrero, máximo comandante del Ejército Independentista del Sur, dio lugar a un antagonismo entre los líderes militares de más arraigo regional. Esta cuestión la sustentaron dos grupos: el de Nicolás Bravo, que representaba el ala conservadora–centralista, y el de Álvarez, que sostenía la liberal–federalista.

La enemistad político–ideológica entre estos dos próceres se extendería por más de tres lustros, al cabo de los cuales mancomunarían sus influencias para hacer causa común en las gestiones que culminaron en la creación del estado de Guerrero el 27 de octubre de 1849.

En 1841, durante el gobierno de Antonio López de Santa Anna, Juan Álvarez obtiene su ascenso a general de división. Los años de 1842 y 1843 vieron a Álvarez dedicar la mayor parte de su tiempo a calmar a los indígenas en el sur, donde acicateados por la opresión de viejos caciques militares se habían levantado en la sierra de Chilapa y Tierra Caliente en lo que amenazaba ser una brutal guerra de castas; más tarde se protagonizaron también rebeliones indígenas en Cacahuatepec y Tecoanapa, ambos de la Costa Chica. Aún en 1845 tuvo que intervenir el general en la pacificación de otros conflictos entre aborígenes de la región suriana.

Con el grado de general de división participó en la defensa de la Ciudad de México contra la invasión norteamericana de 1846–1848. Concluida la guerra, Álvarez pudo volver hacia su proyecto predilecto: la erección del nuevo estado del sur. En el decreto del 27 de octubre de 1849, en que se declara erigido el estado que lleva el nombre de Guerrero, se ordenó nombrar a un gobernador provisional; en cumplimiento de ese mandato, el Congreso de la Unión lo designó a él convirtiendo la ciudad de Iguala en capital provisional de la nueva entidad federativa.

El 5 de enero de 1850 se eligió al Congreso Constituyente y el 31 de ese mes y año emitió el decreto s/n en el que fue designado el general Álvarez gobernador interino; con este carácter estuvo al frente del Poder Ejecutivo del 1 de febrero de 1850 al 29 de octubre de 1851. Con base en el Decreto 2 del 3 de enero de 1852 se le extendió nombramiento de gobernador constitucional de Guerrero, cargo al que renunció formalmente el 7 de octubre de 1853.


Estatua del Gral. Juan Álvarez Hurtado, en el Museo de la Bandera, en Iguala de la Independencia.

Como gobernador del estado solicitó, en varias ocasiones, licencia para separarse del poder y, a veces, de la entidad; cubrieron los interinatos el general Diego Álvarez Benítez, el coronel Miguel García, el licenciado José Trinidad Gómez, el general Manuel María Villada y el general Tomás Moreno.

Durante los casi cuatro años que gobernó al estado realizó una vasta obra pública: organizó la administración estatal y municipal; el 16 de marzo de 1850 dio a conocer la Ley Orgánica Provisional para el Arreglo Interior del estado; el 14 de junio de 1851 promulgó la primera Constitución Política local, y el 5 de octubre de ese año emitió la Ley Estatal Electoral.

De acuerdo con el decreto 36 del 5 de junio de 1852 se creó el Instituto Literario, destinado a la enseñanza secundaria en el estado; apoyó la fundación del Instituto Minerva en Ayutla de los Libres, que dirigió el general Joaquín Rea; se construyó el camino de Chilpancingo a Tixtla, y se inició el de Acapulco a México.

En 1853 se levantó en armas contra el gobierno centralista y dictatorial de Santa Anna, se opuso resueltamente al Plan de Jalisco (o Acta de Guadalajara) proclamado por afines del dictador con vista a mantenerlo en el poder. En respuesta a aquel plan promulgó el Plan de Ayutla el 1 de marzo de 1854, que sostenía ideas patrióticas y liberales.

Al triunfo de esta lucha fue designado por la junta de representantes que sesionaba en Cuernavaca Presidente interino de la República, el 4 de octubre de 1855. Formado de heterogéneos elementos del Partido Liberal, Álvarez dio posesión a su gabinete: Relaciones, Melchor Ocampo; Gobernación, Ponciano Arriaga; Justicia, Benito Juárez; Hacienda, Guillermo Prieto; Guerra, Ignacio Comonfort. Se trataba de puros, esto es, de liberales inclinados y propensos a cambios radicales, con la excepción de Comonfort que era moderado.

Combatió contra los enemigos del presidente Ignacio Comonfort entre 1856 y 1857; participó en las acciones de Tierra Blanca, Huitzuco, Cuautepec, Tlapa y Chilapa; durante la Reforma y la Intervención francesa organizó y dirigió la División del Sur; en 1867, año de su fallecimiento, fungía como general en jefe de la Quinta División del Sur.            

Un escritor de su tiempo, José de la Luz Palafox, que declaró que Álvarez era el corazón y alma del movimiento en contra de Santa Anna, presentó con las siguientes palabras el perfil de su persona:

“Hombre de talento natural bastante despejado; patriotismo ardiente hasta rayar en una especie de fanatismo; corta instrucción; humildad, que le hacía confesar y quizás exagerar su ignorancia; perspicacia y tacto para conocer a los hombres, aunque alguna vez cegado por el cariño, incurría en grandes errores; suspicacia casi excesiva; amor y respeto a la familia; lealtad para con sus amigos; gratitud a los que lo habían favorecido o estimado; valor y serenidad en los peligros; probidad y hombría de bien”.

(AMA/BM)