Sábado  25 de febrero de 2017.

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  • Mural del Palacio Municipal de Tixtla de Guerrero
  • Zona arqueológica Tehuacalco
  • Con agua y flores, fragmento
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  • Ofrenda de Día de Muertos
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  • Museo de la Bandera en Iguala
  • Mujeres danzantes de Zitlala
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  • Santuario en Olinalá
  • Danza guerrerense
  • Monumento a la Bandera en Iguala
  • Danza de Los Apaches
  • Iglesia de Santa Prisca en Taxco
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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Altamirano Basilio, Ignacio Manuel

 

Escritor, político, defensor de la República, jurista y diplomático.

Tixtla formaba parte del Distrito de Chilapa (tierras mexiquenses), cuando allí, el 13 de noviembre de 1834, nació Ignacio Manuel Altamirano. Fueron sus padres Francisco Altamirano y Juana Gertrudis Basilio, de buena familia, que hablaban náhuatl y castellano. Son marcados los caracteres indígenas. Se afirma que el apellido lo heredó del padre de un acomodado lugareño y que la madre era mestiza.

El ámbito campirano lo hizo niño ingenioso. Asiste a la escuela que atiende el maestro Cayetano de la Vega, donde los discípulos están divididos en “indios” –que sólo aprenden a persignarse, a rezar y a prepararse para la primera comunión– y en “niños de razón” –hijos de españoles, criollos y mestizos ricos, que se afanan en saber leer y escribir, dominar las cuatro operaciones fundamentales, algo de gramática y rezos–. La familia no estaba en bonanza, pero don Francisco debió ser hombre esforzado, pues lo nombraron alcalde de indios, y al visitar la escuela, don Cayetano le aseguró que pasaría a Ignacio al grupo de los “niños de razón”.

El estado de Guerrero fue creado en memoria del consumador de la independencia nacional, Vicente Guerrero (1782–1831), con territorio que pertenecía en gran proporción al estado de México, áreas de Puebla y Michoacán, el 27 de octubre de 1849. José Joaquín de Herrera fungía como presidente de la República, siendo primer gobernador el combativo Juan Álvarez.

La capital del estado de México era Tlalpan, ahí se estableció el Instituto Literario en 1828; a los dos años se trasladan a la ciudad de Toluca, ocupando éste el antiguo convento de La Merced, y luego una deteriorada construcción conocida como El Beaterio, que da cobijo a maestros y alumnos.

A iniciativa de Ignacio Ramírez se crearon becas a fin de que las municipalidades enviaran dos estudiantes a Toluca. La convocatoria indicaba que los aspirantes supieran leer y escribir. Altamirano obtuvo la beca y con su padre tomó el camino a tierras altas y frías: de Tixtla llegaron a Chilpancingo, Mezcala, Tenancingo, Tenango del Valle y Toluca, en dos semanas de caminata.

Altamirano ingresó al instituto el 17 de mayo de 1849; contaba con 14 años y meses. Llegó para aprender más de memoria que por razonamiento; la vida, cercana a lo monacal, se regía por las obtusas sentencias del Catecismo y exposición de la doctrina cristiana, del jesuita Jerónimo Martínez de Ripalda (Toledo, 1618).
Tres años y medio vivió entre misas, física, gimnasia, educación musical, talleres, latín, matemáticas, inglés, francés; también español y griego. Se distinguió en el estudio, sin faltar quien informara que chiflaba, fumaba y tenía en poco la práctica religiosa.

Al crearse el estado de Guerrero aumentan sus problemas administrativos y de conducta; unos compañeros que no lo querían le compusieron versos obscenos; dice que los guardó en una bolsa del pantalón, pero al salirse fueron a dar a manos del director. La expulsión se convirtió en amenaza.

Siendo de los alumnos menores se acercó a oír la clase de Ignacio Ramírez, éste advirtió la presencia del becario y lo hizo entrar al salón; la elocuencia del maestro abrió senderos en el ánimo cultural del tixtleco, quien escribiría una biografía de El Nigromante. Los conflictos buscan clímax. Altamirano, el 29 de agosto de 1850, escribe una carta a Juan Álvarez: le informa de las dificultades en el instituto. Tal parece que la misiva fue dictada por Ramírez, pues los juicios muestran la madurez de quien conoce bien el terreno de la vida. Álvarez contestó a su homólogo, Mariano Riva Palacio, para recomendar al coterráneo.

Por este tiempo aparecen poemas de amor juvenil. Lee y escribe. Se le nombra bibliotecario y aquí se confirma el encuentro de la cultura universal con su ambición de saber.

A los tres años y medio abandona las aulas. Para sobrevivir, da clases de francés en una escuela privada. Deambula por tierras del estado de Morelos; quizás en Yautepec conoce al personaje que inspira El Zarco y representa su drama histórico Morelos en Cuautla.

Gracias a la generosidad del terrateniente peninsular Luis Rovelo decidió estudiar Derecho en el Colegio de San Juan de Letrán. Guillermo Prieto en Memorias de mis tiempos da trazos desangelados del colegio que dirige José María Lacunza. Se prepara para una vida académica, pero al estallar la Revolución de Ayutla (1 de marzo de 1854) decide ponerse a las órdenes de Álvarez. Tal vez no participó de inmediato en acciones bélicas, pero se le aprovechó en cuestiones de enlace; siempre mostró valor.

Al concluir el movimiento armado reingresa a la institución, acelera la presentación de exámenes y se gradúa. La Guerra de Reforma lo impele a la cotidianidad castrense. La intervención francesa lo retiene en el fragor de la batalla. Trece años defendió a la patria con la espada. Tomó Cuernavaca y Tlalpan. En el sitio de Querétaro, el general Sóstenes Rocha le reconoce valentía y arrojo, y no puede olvidarse su conducta temeraria en el cerro del Cimatario. Dialoga con el emperador iluso, ambos se quejan de sus males gástricos, recomendándole el austriaco que se acostumbre al agua de Seltz.

Cuando era estudiante del Colegio de San Juan de Letrán lo enviaron a dictar una conferencia sobre literatura en el Colegio de las Vizcaínas, que atendía a alumnas de escasos recursos; entre las asistentes halló los ojos luminosos de Margarita Pérez Gavilán, trenzaron la plática grata, se entendieron, eran de la misma tierra del sur y se casaron, muy de mañana, para abreviar los gastos. En su natal Tixtla encontró a los medios hermanos de Margarita y Altamirano los trajo a la capital: los adoptó, les dio su apellido y mejoraron de vida.


Ignacio Manuel Altamirano, su esposa Margarita Pérez Gavilán y sus hijos adoptivos Aurelio y Palma Guillén.

Eduardo Pérez Gavilán contrajo nupcias con doña Dolores Catalán Guerrero y procrearon a Margarita Pérez Gavilán. Al morir el padre de Margarita, la viuda se casó con un señor Guillén, músico de la legua, quien la abandonó con cuatro hijos: Aurelio, Palma, Catalina y Guadalupe. Las niñas Altamirano aprendieron bordado, letras, música y canto; crecieron; servían la limonada en las veladas literarias, sesiones donde imperaban armonías de piano, dulces arpegios melódicos, la revelación de poemas y ensayos. En ese trato surgieron los nobles galanes: Catalina casó con Joaquín Casasús; Palma, con Mariano Sánchez Santos, y Guadalupe con Juan Sánchez Azcona. El destino negó hijos a Altamirano, pero los descendientes de esas tres parejas conservaron su memoria, documentos y libros con verdadero amor. Doña Margarita murió el 9 de agosto de 1918; le sobrevivió 25 años, mientras relataba hechos de guerra y paz del autor de la Navidad en las montañas, a los netezuelos queridos.


Joaquín Casasús y Catalina Altamirano (hija adpotiva de Ignacio Manuel Altamirano) el día de su boda.

 La guerra intestina entre liberales y conservadores segó numerosas vidas. Los privilegiados tuvieron actos propios de herederos de hienas. El 22 de diciembre de 1860, en las lomas de San Miguel Calpulalpan, cerca de Arroyozarco, estado de México, Jesús González Ortega, al mando de las tropas liberales, derrota a los conservadores; en enero, Juárez entra a la Ciudad de México, se convoca a elecciones para integrar el Congreso y Altamirano será electo diputado por Chilapa.