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Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Arquitectura

Arquitectura Moderna y Globalizada.

El estado de Guerrero no es precisamente un ejemplo de progreso e innovación tecnológica, más bien es un estado que por sus características geográficas y por la idiosincrasia de su pueblo se ha mantenido al margen de los beneficios de la modernidad y de su influencia; ha sido gestor de luchas sociales, lo que ha generado una sociedad controvertida, plural, que se manifiesta en una amalgama de arquitectura variada que le da color, geometrías y formas diferentes; la denominamos Arquitectura Vernácula y Popular, de un gran valor arquitectónico y cultural, de la cual tenemos valiosos ejemplos, como las comunidades de Chilapa y Tixtla, en la región Centro; Coyuca de Catalán y Cutzamala de Pinzón, en Tierra Caliente, o bien, algunas comunidades de las regiones Norte y La Montaña, como Teloloapan, Tecalpulco y Cualac, entre otras, las cuales es necesario preservar mediante acciones de catalogación y legalización a nivel de cabildo municipal, de tal suerte que se garantice con ello la permanencia de tan valioso legado, independientemente de que la protección de los monumentos históricos se tienen que ejercer por ley federal; para lograr lo anterior, es menester que las autoridades municipales, organismos, asociaciones civiles y población en general colaboren con el Centro INAH Guerrero.

Sobresalen ciudades como Taxco, Acapulco y Zihuatanejo (denominado el Triángulo del Sol), que se han convertido por su paisaje y arquitectura en uno de los destinos turísticos más importantes del país y del continente.

Arquitectura Turística en Guerrero.

En la guía de emociones es imprescindible rescatar estampas de la imagen de Taxco, ciudad de la plata y el barroco, captadas por don Manuel Toussaint en 1931:

“Imposible imaginar seres más caprichosos, más locos que las calles de Tasco. Odian la línea recta por su fealdad matemática; detestan la horizontal por su falta de espíritu. Aquí, en Tasco, las calles avanzan, suben, descienden, tuercen a la izquierda, después a la derecha; de pronto se encabritan en una barranca, o se arrepienten y regresan al punto de partida ¿Quién dijo que las calles fueron inventadas para ir de un sitio a otro, o para dar salida a las casas? Las calles de Tasco existen como entes de sinrazón, lo cual justifica su existencia más que si lo fuesen de razón. Algunas son puramente decorativas como el espacio que se abre, hacia algo desconocido, entre los bastidores de una trascendental decoración de teatro. Otras quieren ceñir a la población, víboras rellenas de plata alrededor del abdomen excesivo, y renuncian, desmayan lánguidas y se pierden en la ladera de un cerro. Después inventan un pretexto para reanudarse, pero no donde debieran, sino en el sitio que a su pereza conviene.

“Las casas de Tasco tienen la sencillez de las cosas perfectas. Todas están cubiertas de tejados magníficos, salvo cinco o seis que gastan techos de terrado y azotea. Sus muros encalados deslumbran; sus puertas azules acogen. Casi todas las casas ostentan terrazas cubiertas, loggias con arquerías anhelosas al bello panorama. Y, en vez de balaustradas, derrochan citarillas de ladrillos curvos, en dibujos geométricos, fantásticos, que se cuentan variados por docenas.

“Su interior es apacible. Unas abren a la calle sus habitaciones y atrás dejan su pequeño jardín: éstas con las casas del centro. Otras, en las afueras, situadas casi siempre en alturas, se explayan en terrazas escalonadas, a la manera italiana, y atrás, en la parte conspicua, queda la casa, enamorada del paisaje de Tasco. La locura de las calles es contagiosa: por eso hay casas que son no menos local que las calles. Ésas, que tienen dos pisos al frente y por detrás se encastillan en cinco, como la de Borda; otras, que parecen un suntuoso edificio y es una simple casa, alta, que está recargando su fatiga sobre la inclinación del cerro. Otra que luce muy oronda sus dos pisos, con vista a la plaza mayor y después recula en una calle que sube, para terminar en una tienda que con puertas a la calle queda al nivel del segundo piso del frente. Y hay una razón para ello. La dueña es una viejecita simpática; cuando está en su tienda, se encuentra al ras del suelo de Tasco, a la altura de sus compradores populares. Pero se va a su casa; entonces es una señora de Tasco, ha aumentado su categoría social, ha subido un piso para llegar a sus habitaciones y, para eso, no necesita ni una escalera, ni un peldaño, ni un centímetro que ascender; razón de comodidad”.

Dios a darle a Borda y Borda a darle a Dios…

Don José de la Borda, en 1751, pide permiso a las autoridades eclesiásticas para construir una nueva parroquia. Se sabe que el alarife Cayetano de Sigüenza, de la Ciudad de México, es quien realiza los planos del templo, aunque no intervino en su edificación, la cual fue construida por el arquitecto don Juan Joseph de Alva, quien había realizado la Casa Borda, y otro de apellido Caballero. Hay evidencias de la influencia de Jerónimo de Balbás, tanto en el interior como en el exterior de la iglesia, pues en los retablos participaron sus hijos adoptivos: los hermanos Isidoro, Vicente y Luis de Balbás.

Y así surge Santa Prisca, obra maestra del barroco mexicano, de belleza extraordinaria. Esta parroquia fue construida con el propósito de presidir la ciudad.


“Las casas de Tasco tienen la sencillez de las cosas perfectas. Todas están cubiertas de tejados magníficos. Sus muros encalados deslumbran; sus puertas azules acogen. Su interior es apacible”. Manuel Toussaint (1931).

Lo más distintivo del conjunto son las hermosas torres de linaje andaluz que, por su esbeltez y los iridiscentes efectos que producen los relieves mixtilíneos que las cubren, y por su delicado pero recio encaje, son consideradas entre las más originales y soberbias que produjo el barroco, no sólo en la Nueva España, sino en todo el territorio hispanoamericano.

La iglesia luce dos cúpulas y tres linternillas. La cúpula mayor es un extraordinario ejemplar del barroco mexicano, sección ochavada, media naranja con nervaduras sobre los gajos, linternilla muy ornamentada, con cupulín y ventanas en el tambor. Su recubrimiento, con azulejos poblanos, amarillos y verdes (colores de san José) y azules y blancos (colores de María) comunica un atractivo brillo “como pieza de alfarería”. La otra cúpula pertenece a la capilla de Jesús Nazareno y destaca por la policromía de su revestimiento de azulejo; es de sección oval muy peraltada.

El trazo de la planta es de cruz latina, muy angosta; se debe a la estrechez del terreno.
Acapulco, sitio de leyenda e historia, donde la etimología náhuatl –ácatl: carrizo, poloa: destruir, y co: lugar, define su significado: “en el lugar donde fueron destruidos o arrancados los carrizos”. A través del tiempo, en su traza espontánea, en sus diferentes momentos históricos, se fue generando una arquitectura singular y en primer término, refiriéndonos a la época virreinal, está ese ejemplo de la arquitectura militar de protección que es el Fuerte de San Diego, la primera fortaleza, terminado en 1617.

Fue construida por el ingeniero Adrián Boot y los maestros de obra Luis Gómez y Pedro de la Riva; tenía la forma de un pentágono muy irregular, con cortinas desiguales en longitud y con baluartes de salientes y ángulos muy distintos entre sí. Esta maciza construcción se destruyó en uno de los terremotos más intensos, que fue el de 1776. (v. Fuerte de San Diego).

El castillo o fuerte actual comenzó a construirse en 1778 y se terminó el 7 de julio de 1783. El arquitecto Ramón Panón y el ingeniero Miguel de Constanzó le dieron al proyecto la forma de un pentágono regular, con cinco bastiones enteramente iguales y de gran saliente.

La obra realizada por el arquitecto Panón cumplía con todas las necesidades de una fortificación, con los baluartes La Concepción, Santa Bárbara, San Luis, San Antonio y San José; la plaza que organizaba todos los espacios: la habitación del castellano, capilla, calabozo, cocina, cuerpo de guardia del oficial, de la tropa, aljibe, letrinas, rampas, puente levadizo, foso, explanadas, claraboyas, desagüe–foso, lunetos, etc.

La fortaleza tenía cabida para 2000 hombres, con víveres, municiones y agua potable para un año.

El fuerte, a través de los años, ha ido reciclando sus actividades; de su inicio como fortificación de defensa de la ciudad pasó a ser convento, cárcel, cuartel militar, espacio de diferentes espectáculos como las famosas corridas de toros, arena de box y lucha y el clímax del glamur cuando se colmaba su espacio con las estrellas del cine mundial en las reseñas internacionales de cine, y actualmente un excelente museo de historia.

Fuerte de San Diego en Acapulco, arquitectura militar de la época virreinal.

No se puede pensar en Acapulco sin el Fuerte de San Diego; es parte de su identidad.

A finales del Siglo XIX, 1889, la fisonomía del puerto es de casas con cubierta de teja, a dos o cuatro aguas, con sus corredores para protegerse del sol y la lluvia, con sus celosías en los vanos: arquitectura vernácula de sentido común, de luz, sombra y brisa, sobresalía presidiendo a la ciudad el palacio municipal con su torreón neoclásico, con su reloj, que fue inaugurado el 16 de septiembre de 1910, para celebrar el Centenario de la Independencia de México.

Es importante mencionar las “casas de alto” (obras de dos niveles), construcciones de estructura de madera, envueltas con adobe o tabique.

De esta topología, sobresalía la Casa Alzuyeta; en planta baja era comercio y la planta alta la residencia de la familia; tenía como característica principal que su estructura era un esqueleto de acero, muros de concreto, todo esto diseñado por el célebre constructor de la Torre Eiffel, el ingeniero Gustavo Eiffel. Cuando se amplió la avenida Cuauhtémoc, en 1985, la estructura fue cedida por el presidente municipal, almirante Alfonso Argudín Alcaraz, al Colegio de Arquitectos de Guerrero y armada otra vez en la avenida Universidad, que es la sede del citado colegio.

La Catedral de Acapulco, obra realizada por el arquitecto Federico Mariscal, de 1940 a 1958, con características formales por sus cúpulas y torres campanario, envueltas con azulejo de talavera, tiene la influencia de la arquitectura bizantina y por los accesos y vanos abocinados y su decoración geometrizante del art déco, a través del tiempo ha tomado un gran valor histórico arquitectónico en la fisonomía urbana del puerto.

Otras obras importantes de la arquitectura de esta ciudad, que son parte de su imagen: el edificio Oviedo, de tipo neocolonial, realizado por el ingeniero Mariano Palacios; la tienda de Woolworth, con sus portales reinterpretados en un movimiento moderno, de los arquitectos Antonio Saad y Horacio García; la capilla de la Paz, que es un hito urbano, de fray Gabriel Chávez de la Mora; el condominio Los Cocos, el hotel Condesa del Mar y el Club de Yates, del arquitecto Mario Pani.