Martes  15 de octubre de 2019.

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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Arquitectura

La influencia indígena se hace notar en lo decorativo, con un tipo de talla de superficies planas a bisel que encontramos en portadas de muchas construcciones; aquí es donde comienza una característica única de la arquitectura colonial mexicana, al poder integrar las corrientes artísticas europeas con el arte de las culturas prehispánicas para poder conseguir una identificación de esas civilizaciones con la religión católica, buscando la conversión de creencias religiosas, y no sólo eso, ya que no se podían seguir fielmente los cánones de los estilos establecidos mencionados anteriormente debido a que no contaban con la mano de obra, con los conocimientos para edificar tales construcciones, ni con los materiales exactos para realizarlos, combinando nuevos procesos constructivos con nuevos materiales.

Las haciendas formaban parte de un sistema económico iniciado por los españoles en el Siglo XVI; son latifundios que siembran y hacen producir los indígenas, y alimentan centros manufactureros convertidos en sede de empresas dedicadas a la producción y exportación de azúcar, alcohol, vino, trigo, pulque y otros productos, así como a la explotación de oro y plata.

Con el paso del tiempo las haciendas fueron reflejando el nivel económico alcanzado por sus propietarios y se convirtieron también en fincas de recreo, símbolos de salud y cultura, un apogeo que derivó en un desarrollo arquitectónico espectacular, acompañado en el interior de muebles, antigüedades y obras de arte procedentes de todo el mundo, y en el exterior de la plantación de bellos jardines con fuentes, capillas, claustros y todo tipo de sofisticados detalles, incluso en ocasiones pequeños acueductos.

Muchas de estas haciendas han sido restauradas y reconvertidas en hermosos hoteles, con elegantes cuartos, suntuosos restaurantes y una oferta gastronómica espectacular. Todo rodeado de magníficos entornos, ya sea en el centro de las más bellas localidades mexicanas o en el campo.

El Fuerte de San Diego y Fortín Álvarez, en el puerto de Acapulco; la exhacienda del Chorrillo, la de San Juan Bautista y la de San Francisco, en la ciudad de Taxco de Alarcón; la exhacienda de don Nicolás Bravo, en Chichihualco; la exhacienda de Tecolutla, en Chilapa de Álvarez; la exhacienda de La Providencia, en el municipio de Acapulco; la casa de producción denominada El Castillo, en Teloloapan, o bien la fábrica de hilados y tejidos en El Ticuí, municipio de Atoyac de Álvarez.

En el caso de inmuebles de interés histórico, la casona que perteneció a José de la Borda en la comunidad de Tehuilotepec y la de Taxco de Alarcón; la casona perteneciente al general Vicente Guerrero y la de Ignacio Manuel Altamirano, en la ciudad de Tixtla; la casona de Eutimio Pinzón, en Cutzamala de Pinzón; la casona que sirvió de prisión al generalísimo Morelos, en Tepecuacuilco, sólo por mencionar algunos.


Ruinas de la fábrica de hilados y tejidos en El Ticuí, Atoyac de Álvarez.

Hasta el Siglo XVIII, estas nuevas expresiones de arquitectura se habían desarrollado en el bajío y centro del país y, en menor grado, en lo que ahora es el estado de Guerrero; en este territorio se mantuvo hasta finales del Siglo XVIII una mezcla de formas que correspondían más a las culturas y etnias originarias. Sin embargo, la vivienda vernácula, es decir, la arquitectura familiar, las casas que surgieron en los pueblos que fueron creciendo con una traza urbana virreinal, tenía un estilo y un concepto español que en la región Centro, en la Costa Grande y en la Tierra Caliente se desarrollaron con mayor definición urbana.

La casa con techos de madera y teja, a dos aguas, portales exteriores y patio central sembrado de árboles se convirtió en el prototipo de vivienda para las clases media y alta, distinguiéndose de las casas de “bajareque” (paredes de varas o carrizos revestidos con lodo) y techo de paja, de zacate o palapa en las zonas costeras que habitaban las familias de campesinos y peones de hacienda.

La Arquitectura Contemporánea.

En los inicios del Siglo XX fueron precisamente las haciendas el concepto más representativo de las diferencias económicas y del acceso a la educación y a la salud entre las clases sociales. Eran ámbitos de poder económico y de dominio social que compartían decisiones políticas y sociales con las autoridades de gobierno y con las autoridades eclesiásticas para mantener una estructura que favorecía la producción y el comercio, pero marginaba el bienestar social y familiar de quienes hacían producir la tierra y los centros artesanales.

Este estado de sometimiento convirtió a las haciendas mismas, que llegaron a ser ejemplos majestuosos de arquitectura virreinal y se consolidaron como emblema de poder en el periodo porfirista.

Durante la Colonia, el Virreinato, el movimiento de Independencia y hasta el Porfiriato, la arquitectura en México se implantó o se enriqueció, plásticamente hablando, por la cultura europea, incluyendo sus diferentes corrientes de pensamiento; el estallamiento de la justa revolucionaria, dos meses después de las fiestas de celebración del Centenario de la Independencia, no solamente dio término al periodo porfirista de gobierno, sino que reorientó la actividad arquitectónica del país, caracterizado por una arquitectura neoclásica.

Esta influencia del neoclásico y demás nexos de la época del Porfiriato la encontramos en el estado en el actual Museo Regional de Guerrero y en la Catedral de la Asunción, en Chilpancingo; la parroquia de San Francisco, en Iguala; la parroquia de Buena Vista de Cuéllar; el Santuario del Señor del Perdón, en Igualapa, por mencionar algunos.