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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Arqueología

La palabra arqueología, que deriva del griego (arkhaios) y (logos), y que significa “estudio o tratado de lo antiguo”, es una ciencia que estudia lo que aconteció en tiempos pasados. Y precisamente para llevar a cabo ese estudio se requiere investigar y analizar los restos materiales que sobrevivieron a las inclemencias del tiempo y a la acción del hombre.

El quehacer de la arqueología es diverso y especializado. A partir de los restos materiales, producto de aquellas culturas que antecedieron a la hispánica en el caso de México se hacen diversos estudios para conocer cómo fueron sus pobladores, qué características presentaban sus construcciones, cómo eran sus instrumentos cotidianos, sus objetos rituales, los objetos preciosos que intercambiaban, sus herramientas de guerra, en fin, todo aquello que conformaba su ideología.

Para poder realizar estas investigaciones es indispensable excavar con metodologías que permitan conocer los contextos en que originalmente fueron depositados los objetos que, siglos después, se convertirían en los restos arqueológicos que conforman lo que se designa como “zona arqueológica”, “sitio arqueológico” o “asentamiento prehispánico”.

Con cualquiera de estos términos podemos designar a distintos tipos de asentamientos o lugares que fueron ocupados y modificados por el hombre. Por ejemplo, tenemos cuevas con pintura mural, peñascos con figuras grabadas (petrograbados), cimas de cerros con restos de cerámica y/o arquitectura (sitios vigía o fortalezas), concheros con cerámica antigua, en fin, cualquier lugar que haya sido modificado por el hombre. La ubicación de los sitios arqueológicos, por tanto, nos señala la función y el uso específico que tuvieron para sus pobladores. Existen sitios ceremoniales, habitacionales, centros urbanos, caseríos, sitios vigía, fortalezas y lugares de culto, entre otros.

En esos espacios encontraremos generalmente restos de cerámica (tepalcates) y fragmentos de piedra trabajada (lítica), que son los que mejor se conservan a través del tiempo. Con el estudio de los tepalcates podemos saber cómo eran sus recipientes de barro, sus ollas, platos, cajetes, comales, vasos, cucharas, etc., aunque también podemos conocer sus incensarios y braseros (recipientes para quemar copal, yerbas, ofrendas), sus figurillas (retratos de dioses, personajes, animales), y muchos otros objetos rituales.

De los objetos hechos en piedra podemos mencionar piedra para la construcción (de cantera, caliza, etc.), objetos de molienda (metates, metlapiles, morteros), instrumentos de corte (cuchillos, navajillas prismáticas, etc.) hechos de diversos materiales, como la obsidiana, sílex, pedernal, cuarzo, etc., y otros de carácter ritual y ornamental, como por ejemplo collares, pulseras, brazaletes, pectorales, figurillas, etc., hechos en cualquier tipo de piedra ya mencionada, o bien en piedras más apreciadas y finas como el jade, jadeíta, turquesa, amatista, etc.

Entre los hallazgos más escasos y por lo mismo más interesantes se encuentran estelas (grandes piedras rectangulares con figuras labradas) y objetos especiales hechos de concha, de madera, textiles, y metales (cobre, plata, oro o cualquier aleación de ellos).

El estudio, rescate y conservación de los restos arqueológicos significa, pues, reconstruir parte de la historia de los antiguos pobladores de México y del estado de Guerrero. La importancia de la investigación arqueológica en nuestro estado radica en que mientras más conozcamos los orígenes de nuestros pueblos y de nuestros antepasados estaremos en mejores condiciones de hacer frente a la situación social, política, económica y religiosa del presente, intentando prever el futuro multiétnico para lograr una sociedad mejor integrada ideológicamente.

Las investigaciones en Guerrero.

Las primeras exploraciones en Guerrero parecen haber sido hechas por William Niven, quien a finales del Siglo XIX visitó y excavó en algunos sitios del Balsas Medio y en la región Centro del estado, por los rumbos de Xalitla, Xochipala, Yextla, El Naranjo, Zumpango del Río y el Cañón del Zopilote, cuyos hallazgos trasladó al Museo Americano de Historia Natural en Nueva York, donde se encuentran hasta el día de hoy.

En el INAH, particularmente en el Archivo Técnico de la Coordinación Nacional de Arqueología, lugar donde se concentran todos los informes referentes a las actividades arqueológicas realizadas en el país, el informe más antiguo que se refiere a sitios arqueológicos de Guerrero parece ser el presentado por Porfirio Aguirre en 1916, titulado Oztocingo y Ayotzinapa.

De aproximadamente unos 200 sitios que se tenían registrados en 1939 para el estado de Guerrero, de acuerdo al Atlas arqueológico de la República Mexicana, en la actualidad se conocen unos 2000 sitios. Diversas actividades desempeñadas en campo han permitido incrementar el registro y conocimiento de distintas y numerosas manifestaciones culturales en todo el territorio guerrerense. Entre tales actividades, que son de distinta naturaleza, se encuentran los salvamentos arqueológicos, rescates arqueológicos, atención a denuncias por afectación al patrimonio arqueológico, y la realización de proyectos de sitio y de proyectos de área, tanto del INAH como de diversas instituciones nacionales y extranjeras.

Como parte del Proyecto Atlas Arqueológico Nacional, en Guerrero se empezó a trabajar entre 1978 y 1980 por parte de Ana María Pelz y posteriormente por Martha Cabrera entre 1985 y 1988.

Con el Programa Procede (Programa de Certificación de Ejidos y Solares) se lograron detectar y registrar más sitios entre 1996 y 2000, participando Guadalupe Goncen, Josefina Gasca y Elizabeth Jiménez. A mediados de este año (2004) se ha retomado el trabajo del Atlas para la región Centro a cargo de Miguel Pérez Negrete.

Desde la década de los 70 se debieron realizar salvamentos arqueológicos por la construcción de presas a lo largo del sistema hidroeléctrico del río Balsas. Entonces se iniciaron en el Infiernillo (Adolfo López Mateos), que estuvieron a cargo de José Luis Lorenzo entre 1963 y 1964, y la Villita (José María Morelos) y Palos Altos en Arcelia (Vicente Guerrero) por parte de Raúl Arana, Gerardo Cepeda y Noemí Castillo de 1967 a 1968.

Aunque fueron muchos los estudios que se hicieron a la gran cantidad de materiales recuperados sólo algunos de ellos fueron publicados: Norberto González sobre el Patrón de Asentamiento, Guadalupe Mastache que estudió los textiles, y Lourdes Suárez, quien se dedicó al estudio de los objetos arqueológicos hechos de concha. Entre 1979 y 1980 se realizó otro salvamento en la cuenca del río Balsas, con el Proyecto El Caracol, trabajos encabezados por Angel García Cook y Felipe Rodríguez. Y en 1990 se realizaron trabajos de reconocimiento de superficie donde se había proyectado construir la presa hidroeléctrica de San Juan Tetelcingo.

En Tierra Caliente, entre Guerrero y Michoacán, María Antonieta Moguel trabajó durante 2001, mientras que en Costa Chica, particularmente en el embalse de lo que sería la presa La Parota y que afectaría los sitios arqueológicos situados junto al río Papagayo, Rubén Manzanilla en 2002 se encargó de los trabajos de reconocimiento de superficie.

Además de los trabajos de salvamento efectuados por obras hidráulicas se realizan otros por la introducción de líneas de transmisión eléctrica. En los últimos años, por ejemplo, se registraron sitios arqueológicos entre Acapulco y Zihuatanejo mediante el Proyecto Ixtapa Potencia–Pie de la Cuesta en 2000 y 2001, participando Aarón Arboleyda, Francisco Heredia y Gilberto Ramírez.

La línea de transmisión eléctrica que cubriría Chilpancingo–Chilapa y Chilapa–Tlapa estuvo a cargo de Antonio Porcayo y Rafael Domínguez en 2002 y 2003. Ya recientemente se trazaron nuevas líneas de transmisión eléctrica, una desde Zihuatanejo hasta cerca de la desembocadura del río Balsas, y otra, al sur de la presa La Villita o José María Morelos, cuyos trabajos arqueológicos recayeron en Salvador Pulido, Miguel Guevara y Verónica Rojas.

Otro trabajo de salvamento fue el que se realizó en el trazo de la autopista Cuernavaca–Acapulco en 1991; estuvo a cargo de Rubén Manzanilla, quien se dedicó también a la excavación del sitio Cuetlajuchitlan (conocido también como Los Querendes o Paso Morelos) que se convertiría desde esa fecha en un proyecto de sitio. El próximo salvamento arqueológico será el que se lleve a cabo en Costa Chica por el proyecto de la autopista Acapulco–Pinotepa Nacional, que arrojará información referente a un área arqueológica prácticamente desconocida.

En el puerto de Acapulco también se hicieron trabajos de salvamento por la puesta en marcha de obras de urbanización en terrenos del ejido La Sabana, iniciando así el Proyecto Renacimiento en 1981, que arrojaría mayor información en cuanto a sitios arqueológicos habitacionales, residenciales y petrograbados que se encontraban distribuidos entre los ríos Coyuca y Papagayo.

Y en 1990, cuando el Gobierno del estado proyectaba Acapulco Diamante como un nuevo foco turístico que consideraba la construcción de inmuebles hoteleros y residenciales en Icacos, Punta Bruja, la bahía de Puerto Marqués y El Revolcadero, Rubén Manzanilla se hizo cargo de los trabajos por parte del INAH, mientras que personal de la UNAM realizaba otras actividades especializadas.

Entre los proyectos de área cuyos objetivos han incluido el definir regiones culturales se encuentra el de Ixtapa–Zihuatanejo–Petatlán de Rubén Manzanilla que inició en 1986 y del cual derivó el Museo de la Arqueología en Zihuatanejo. Dicho estudio, que continuaría hasta el 2002 e incluiría toda la región de Costa Grande, cristalizó en una tesis de doctorado.

Además de éste existen otros trabajos de área igualmente importantes que se han llevado a cabo en varias partes del estado. Entre ellos se encuentra el de Román Piña Chan, quien recorrió la Costa Chica en 1960, encontrando sitios arqueológicos cuyos restos culturales eran similares a los de Oaxaca; uno de estos sitios sería el de Piedra Labrada.