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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Constitución de 1857

La. El Federalista publica por primera vez el 6 de febrero de 1871 el texto que apareció en los Bosquejos de ese día de Ignacio Manuel Altamirano, quien emite sus impresiones personales al respecto.

Dijo: “Para los que abrigamos un corazón sinceramente demócrata; para los que hemos creído desde niños en la soberanía del pueblo; para los que abrazando sin vacilación la causa de la libertad, consagrando a ella todos nuestros esfuerzos y depositando en ella como en una ara santa nuestros sacrificios, nuestras esperanzas y el entusiasmo de nuestra juventud, este aniversario es un motivo de profundas reflexiones que nos sumergen en una especie de religioso recogimiento.

“¡La Constitución de 57! Esta invocación terrible del pueblo mexicano; este grito de guerra que ha hecho estremecer por tanto las montañas, las colinas y los valles de nuestro país; este relámpago inmenso que ha cruzado tantas veces en medio de la negra tempestad de los combates, iluminados campos de matanza... hoy, al fin, se ha convertido en un himno sagrado, en una consigna de fraternidad, en el iris apacible y hermoso, bajo el cual un pueblo vencedor y lleno de esperanzas se abandona a las ilusiones lisonjeras del porvenir.

“La Constitución de 57 es hoy la piedra consagrada junto a la cual México descansa después de su lucha con el retroceso que la sujetó a durísimas pruebas.

“Esta carta progresista era una necesidad ingente de la nación mexicana, que estaba asfixiándose en medio de la atmósfera de tiranía, de crímenes y de infamias en que la habían hecho vivir los hombres del pasado, los restos viciosos del régimen colonial y del fanatismo. Desde la Independencia, y a pesar de los esfuerzos que había hecho para constituirse libremente y para ejercer su soberanía, las pasiones personales se opusieron constantemente a su felicidad. La ambición de Iturbide dio el ejemplo funesto de la revuelta y del despotismo, y por causa suya la libertad nació enferma en México.

“¡Oh!, si el gran Morelos, el mártir de la obediencia a la ley, hubiera sido el hombre de 1821. ¡Ni se hubiera alzado el patíbulo de Padilla, ni el santuario de las leyes hubiera sido profanado jamás por los sables de los déspotas, ni la nación habría sentido nunca en su seno el puñal alevoso de los golpes de Estado!

“Pero el destino no quiso favorecernos y el cadalso glorioso de Ecatepec ahogó entre sangre la heroica vida del que hubiera sido el Washington de México.

“Después, y con muy poco tiempo de paz y de legalidad, los soldados brutales y ávidos de riquezas siguieron el ejemplo de Iturbide; los antiguos campeones del virreinato, que el plan de Iguala había convertido en libertadores, se convirtieron después en pretorianos, en genízaros, y procuraron unos tras otros asaltar el poder. Era de esperarse: la conspiración tenebrosa y jesuítica de la Profesa, que dio a cada uno de esos soldados del antiguo Ejército realista una careta de insurgente no podía producir otros frutos que los amargos de la perfidia.

“Los sátrapas sucedían a los sátrapas. Ni valió que se dejara al antiguo partido el campo constituyente  ni que se le permitiera, como se le permitió, deslizar una mano imperiosa para escribir en la carta de 24, bajo la fórmula popular, los odiosos preceptos inquisitoriales y los privilegios de las castas opresoras; los partidarios del régimen antiguo ni aún así quisieron el gobierno democrático.

“Y tras de una revolución vino otra, y el sable que había acuchillado antes de 21 a los insurgentes volvió a teñirse en la sangre de los ciudadanos y a sustituir el mandato de la ley. Los jefes del Ejército trigarante se odiaban unos a otros porque el poder absoluto había sido el precio exigido por ellos para recordar que se debían a su patria y para proclamar la independencia.

“Cada uno, después de un motín fraguado en la oscuridad de los claustros o en la crápula de los cuarteles, y sostenido en las calles, en las plazas o en los campos, subía después de triunfar, y ebrio de orgullo y de vino, esas escaleras de palacio, que estarían rojas si hubieran conservado las huellas sangrientas de los vencedores de un día, que volvían a caer del mismo modo en medio de la gritería y desorden de la soldadesca.

“Aquello no era la República... no había República, no había leyes, el pueblo contemplaba atónito e indignado, o se estremecía de terror bajo la mirada de los verdugos.

“No había República. Lo que había era un trasunto odioso de las escenas del bajo imperio romano o del imperio de Turquía, cuando los genízaros llevaban la suerte de los sultanes en el filo de su cimitarra.

“Tal estado de cosas no podía durar más. México era en el exterior, la burla; en el interior, el infierno. Las naciones cultas nos trataban como a la antigua Argel y la voz de un ministro o de un simple cónsul bastaba para aterrorizar a esos soldados que no tenían valor más que para destrozarse unos a otros, y devorar al pueblo. Ni uno siquiera de ellos se atrevió jamás, no digo a herir el rostro de insolentes extranjeros, a falta de abanico, con el bastón de Presidente; pero ni siquiera a reclamar las consideraciones de la soberanía. El tesoro nacional, depósito de los afanes del pueblo trabajador, era dividido entre extranjeros codiciosos y los sátrapas ladrones.

“Pero llegó al fin la hora fatal. Un soldado, el más audaz de todos, y quizás el más nulo, pero de seguro el más insolente, especie de Proteo o de Arlequín que había revestido todas las formas políticas para asaltar siempre el mando supremo, fue proclamado dictador de su partido y llegó al país trayendo en la nave que lo condujo del destierro todos los instrumentos de esclavitud que una imaginación solitaria y rencorosa había podido imaginar para aniquilar la conciencia de un pueblo.

“Santa Anna fue el elegido del destino para apresurar la hora de redención. Llegó y como siempre, infatuado hasta el delirio, se declaró soberano absoluto, diose el título de alteza y se condecoró, en fin, con todos los honores que una decrepitud insensata puede inspirar a un hombre sin principios y sin moralidad.

“Pero no fue eso todo: en su afán de aherrojar a la nación, como encontrara resistencias heroicas, creó un ejército enorme para apoyar su absolutismo; puso mordazas a la imprenta, encadenó el pensamiento, pobló las cárceles con la juventud rebelde y sospechosa y negó el pan de la patria a aquellos que no inclinaran la frente ante su soberbia oriental.

“Entonces, el pueblo no pudo más, y alzó allá en el sur, en mi país natal, la bandera de la insurrección. Aquella bandera fue el grito del pueblo desesperado y resuelto a sacudir sus cadenas para siempre; jamás una revolución fue tan netamente popular como aquélla; el Ejército la combatió, pero la nación entera la saludó con entusiasmo.

“Triunfó al fin, a pesar de las sesenta mil bayonetas del tirano, y el pueblo creyó que era tiempo de establecer un nuevo orden de cosas. El Plan de Ayutla llamaba a la nación a constituirse y convocaba a un congreso. Así es que éste se reunió, compuesto de delegados a quienes designó el sufragio popular, escogiéndolos entre los hombres más avanzados de la época.

“Sin embargo, el partido vencido no cedía enteramente y la guerra civil estalló de nuevo, apagada varias veces, y otras tantas reanimada por los facciosos obstinados; de modo que la Constitución de 57 se discutió al estampido de los cañones, entre el humo del combate y a pesar de la confusa vocería de los bandos políticos.


“Al fin, la Carta Sagrada bajó incólume del Sinaí de la revolución, y se promulgó al pueblo, como la ley suprema.

“Esta fue una escena solemne. Yo la presencié, y aún me acuerdo como si hubiera pasado ayer. Era el 5 de febrero de 1857 y el gran salón del Congreso estaba henchido de gente. En las galerías se había precipitado la juventud, llena de ardimiento y de fe en el porvenir. Algunos partidarios del pasado asistían también silenciosos, irritados, llenos de despecho y llevando en el semblante sombrío un gesto amenazador que quería decir:

–Ahogaremos en sangre esa ley.

“La inmensa concurrencia de las galerías esperaba callada y atenta, los diputados constituyentes ocupaban sus asientos todos. El silencio era solemne y los espíritus preocupados por pensamientos profundos no permitían entonces ni un solo gesto, ni una palabra.

“Presidía la cámara el venerable Valentín Gómez Farías, patriarca de la libertad mexicana.

“Abierta la sesión, el diputado José María Mata, del Estado de Veracruz, ocupó la tribuna próxima a la mesa y dio lectura a la Constitución con voz clara y firme. Mata, era joven entonces. De rostro moreno, de elevada estatura, de fisonomía severa y varonil, este constituyente se distinguía por la rigidez de su carácter, por lo avanzado de sus ideas progresistas y por los sufrimientos que había tenido a causa de sus opiniones.

“La cámara y la concurrencia escucharon la lectura con religioso respeto. Concluida  que fue, los secretarios de la mesa anunciaron que el ejemplar leído estaba conforme con los autógrafos. Luego el presidente llamó por estados a los constituyentes a firmar. Entonces fueron bajando de sus asientos más de noventa diputados y firmaron por turno. Entre ellos vimos a Zarco, al eminente publicista y literato cuya pérdida lamenta aún el país, uno de los autores del proyecto de Constitución; Cendejas, que había salido de los calabozos de la tiranía para ocupar su asiento en la cámara; a Ponciano Arriaga, que al volver del destierro se encontró con una cartera de ministro y al bajar del ministerio recibió seis o siete credenciales de diputado (otro de los autores del proyecto); a Castillo Velazco, notable jurisconsulto y escritor republicano entusiasta (también autor del proyecto).

“A Ignacio Luis Vallarta, entonces muy joven, a Guillermo Langlois, gallardo, joven, que fue después a morir en defensa de la Constitución en Jalisco; a Ignacio Peña y Barragán, a Manuel Peña y Ramírez, el valiente soldado que sucumbió frente a la Casa Blanca de Querétaro el 24 de marzo de 1867; al ilustre Degollado, el gran caudillo de la Reforma; a Ramón Alcaraz, que también había sido aprisionado por Santa Anna; al venerable anciano Mateo Echaiz, honra de Michoacán; a Zavala, hoy magistrado de la Corte Suprema de Justicia; a Mariscal, hoy ministro de México en los Estados Unidos; a nuestro Guillermo Prieto, desterrado por el dictador; a Benuet, abogado oaxaqueño, firmísimo en sus principios y que había salido también de las cárceles de Santa Anna.

“A Ignacio Ramírez, el gran pensador, el audaz tribuno, el demócrata indomable, el enemigo mortal del clero. Ramírez no podía haber escapado al odio del dictador y, en efecto, éste lo hizo encerrar en una prisión, y hasta ponerle grillos, cuyas señales conservó largo tiempo; a Emparan, veracruzano que fue después ministro de Juárez; al anciano y noble Benito Quijano, que antes de pisar el territorio ocupado por el imperio prefirió morir en tierra extraña; a Miguel Huzan, el valiente defensor de Santa Inés, contra los franceses sitiadores de Puebla, magistrado hoy de la Suprema Corte; a Isidro Olvera, el médico, modelo de filantropía, y el demócrata ilustrado y de poderosa fibra, también víctima de la tiranía y también autor del proyecto de Constitución, y a Juan D. Arias, el escritor popular y festivo que entonces hacía una guerra cruda al partido del militarismo y del clero.

“Aquella era la crema del partido progresista, la personificación más elevada de esa generación entusiasta y audaz a la que debe el país tantas reformas. Todos esos jóvenes demócratas llevaban en su corazón los dolores de las clases desheredadas y por eso hicieron de la Constitución la corona real del pueblo. ¡Honor eterno a tan dignos ciudadanos!

“Después de haber firmado todos, el vicepresidente se levantó de su asiento y, extendiendo una mano sobre el libro de los evangelios, juró ante el Congreso guardar la Constitución. El vicepresidente era León Guzmán, que estaba entonces en el vigor de la juventud. Moreno, delgado, de fisonomía enérgica y vivaz, su semblante y sus movimientos tenían entonces cierta rigidez que hacía traslucir la austeridad incontrastable de su carácter republicano nunca desmentido. Este ciudadano es el mismo que desempeña hoy el elevado encargo de procurador general de la nación, para el que le designó el sufragio popular.

“Siguió luego una escena conmovedora en alto grado, y que yo recuerdo con emoción y respeto: el anciano Gómez Farías, excesivamente débil por su edad y sus enfermedades, descendió con trabajo de su asiento, y apoyado en los brazos de dos diputados se dirigió con esfuerzo frente a la mesa, arrodillándose y poniendo una mano trémula sobre el evangelio; a la pregunta del vicepresidente pronunció su juramento con voz sosegada y firme, después de lo cual, y no pudiendo dominar ya su emoción, se retiró con la misma dificultad al salón de recreo.

“El instante en que el venerable patriarca de la libertad se arrodillaba a jurar, sostenido por los jóvenes, y levantando su cabeza coronada de cabellos blanquísimos, para pronunciar la fórmula sacramental, lágrimas de entusiasmo brillaron en centenares de ojos, la conmoción fue profunda, y si el respeto al acto y a la presencia de aquel monumento vivo de nuestras libertades no lo hubiesen impedido, un grito unánime y prolongado habría hecho estremecer el salón. Aquello era la vejez virtuosa sancionando la obra de la juventud progresista, era la aprobación de nuestros padres a las conquistas de sus descendientes.

“Luego los secretarios pidieron al Congreso entero el juramento. Entonces más de cien diputados que componían la cámara se levantaron erguidos y extendiendo un brazo pronunciaron a una voz “¡Sí, juramos!” con tan firme acento, que aquel grito vibró, como un grito de guerra o de victoria.

“El vicepresidente fue quien tomó este juramento. Leyó después Zarco un manifiesto que fue muy aplaudido y la comisión encargada de conducir al salón al Presidente de la República partió con ese objeto.

“Un momento después apareció Comonfort, de gran uniforme de general y acompañado de sus ministros y Estado Mayor. Atravesó con paso firme el salón, subió a la plataforma y manteniéndose en pie pronunció con la mano puesta sobre el libro el juramento siguiente, que se escuchó con toda claridad.

–“Yo, Ignacio Comonfort, presidente de la República, juro ante Dios reconocer, guardar y hacer guardar la Constitución Política de la República Mexicana, que hoy ha expedido el Congreso”.

–“Si así lo hiciereis, contestó con su voz vibrante el vicepresidente, Dios os lo premie, y si no, Dios y la patria os lo demanden”.

“Enseguida se pronunciaron los discursos de estilo, bajo el dosel.

“¿Quién iba a prever entonces, lo que iba a suceder de ahí a diez meses? El porvenir escondía entre sus sombras los horrores de una guerra de tres años, desastrosa y tremenda. Los enemigos de la Constitución se levantaron para hacerla desaparecer y el arca de la nueva alianza tuvo que salir de su primitivo templo y que recorrer en hombros de sus sacerdotes los desiertos, el mar y las montañas.

“Por fin, la causa del pueblo triunfó, la ley volvió a imperar victoriosa hasta que la ambición europea, guiada por los eternos enemigos de la libertad, trajo a nuestro país otra nueva guerra, más espantosa que la primera. Pero victoriosa una vez más la Constitución domina ya sin trabas y sin temores de nuevos asaltos. Al menos así debemos esperar del buen sentido del país.

“Un escritor francés que los mexicanos conocen mucho, Carlos Barrés, escribió un día que la Constitución de 57, bella, pero infecunda como Sara la mujer de Abraham, no produciría quizás fruto alguno sino en la vejez. Pues bien: he aquí desmentida la escéptica aseveración de aquel periodista. La Constitución tuvo una infancia laboriosa y llena de peligros, ha entrado ya en su período de juventud, y he aquí que no sólo está victoriosa y fuertemente arraigada, sino que lo que es más aún, lo que debemos hacer notar en voz muy alta y con un gozo patriótico sincero: es acatada e invocada por los mismos que tanto la habían combatido.

“Sí, los hombres de acción y de inteligencia del Partido Conservador han hecho público en estos últimos días su reconocimiento expreso y solemne de la carta de 57. Casi todos los que han sabido combatir con la espada en los campos de batalla, o con la pluma, o de cualquier otro modo, contra la Constitución, la acatan hoy como la ley suprema del país. Así pues, cuando el enemigo la reconoce y está dispuesto ya a defenderla también no hay temores para el porvenir, la paz está asegurada y el árbol constitucional va a florecer más lozano y más vigoroso todavía.

Venit post multas una serena dies.

“Después de tantas guerras y desastres, ya era tiempo de que la paz iluminara con su sonrisa el cielo de la patria”. (Ignacio Manuel Altamirano, Obras completas, tomo XVIII).

(JGCL)