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Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Constitución de 1857

“Al fin, la Carta Sagrada bajó incólume del Sinaí de la revolución, y se promulgó al pueblo, como la ley suprema.

“Esta fue una escena solemne. Yo la presencié, y aún me acuerdo como si hubiera pasado ayer. Era el 5 de febrero de 1857 y el gran salón del Congreso estaba henchido de gente. En las galerías se había precipitado la juventud, llena de ardimiento y de fe en el porvenir. Algunos partidarios del pasado asistían también silenciosos, irritados, llenos de despecho y llevando en el semblante sombrío un gesto amenazador que quería decir:

–Ahogaremos en sangre esa ley.

“La inmensa concurrencia de las galerías esperaba callada y atenta, los diputados constituyentes ocupaban sus asientos todos. El silencio era solemne y los espíritus preocupados por pensamientos profundos no permitían entonces ni un solo gesto, ni una palabra.

“Presidía la cámara el venerable Valentín Gómez Farías, patriarca de la libertad mexicana.

“Abierta la sesión, el diputado José María Mata, del Estado de Veracruz, ocupó la tribuna próxima a la mesa y dio lectura a la Constitución con voz clara y firme. Mata, era joven entonces. De rostro moreno, de elevada estatura, de fisonomía severa y varonil, este constituyente se distinguía por la rigidez de su carácter, por lo avanzado de sus ideas progresistas y por los sufrimientos que había tenido a causa de sus opiniones.

“La cámara y la concurrencia escucharon la lectura con religioso respeto. Concluida  que fue, los secretarios de la mesa anunciaron que el ejemplar leído estaba conforme con los autógrafos. Luego el presidente llamó por estados a los constituyentes a firmar. Entonces fueron bajando de sus asientos más de noventa diputados y firmaron por turno. Entre ellos vimos a Zarco, al eminente publicista y literato cuya pérdida lamenta aún el país, uno de los autores del proyecto de Constitución; Cendejas, que había salido de los calabozos de la tiranía para ocupar su asiento en la cámara; a Ponciano Arriaga, que al volver del destierro se encontró con una cartera de ministro y al bajar del ministerio recibió seis o siete credenciales de diputado (otro de los autores del proyecto); a Castillo Velazco, notable jurisconsulto y escritor republicano entusiasta (también autor del proyecto).

“A Ignacio Luis Vallarta, entonces muy joven, a Guillermo Langlois, gallardo, joven, que fue después a morir en defensa de la Constitución en Jalisco; a Ignacio Peña y Barragán, a Manuel Peña y Ramírez, el valiente soldado que sucumbió frente a la Casa Blanca de Querétaro el 24 de marzo de 1867; al ilustre Degollado, el gran caudillo de la Reforma; a Ramón Alcaraz, que también había sido aprisionado por Santa Anna; al venerable anciano Mateo Echaiz, honra de Michoacán; a Zavala, hoy magistrado de la Corte Suprema de Justicia; a Mariscal, hoy ministro de México en los Estados Unidos; a nuestro Guillermo Prieto, desterrado por el dictador; a Benuet, abogado oaxaqueño, firmísimo en sus principios y que había salido también de las cárceles de Santa Anna.

“A Ignacio Ramírez, el gran pensador, el audaz tribuno, el demócrata indomable, el enemigo mortal del clero. Ramírez no podía haber escapado al odio del dictador y, en efecto, éste lo hizo encerrar en una prisión, y hasta ponerle grillos, cuyas señales conservó largo tiempo; a Emparan, veracruzano que fue después ministro de Juárez; al anciano y noble Benito Quijano, que antes de pisar el territorio ocupado por el imperio prefirió morir en tierra extraña; a Miguel Huzan, el valiente defensor de Santa Inés, contra los franceses sitiadores de Puebla, magistrado hoy de la Suprema Corte; a Isidro Olvera, el médico, modelo de filantropía, y el demócrata ilustrado y de poderosa fibra, también víctima de la tiranía y también autor del proyecto de Constitución, y a Juan D. Arias, el escritor popular y festivo que entonces hacía una guerra cruda al partido del militarismo y del clero.

“Aquella era la crema del partido progresista, la personificación más elevada de esa generación entusiasta y audaz a la que debe el país tantas reformas. Todos esos jóvenes demócratas llevaban en su corazón los dolores de las clases desheredadas y por eso hicieron de la Constitución la corona real del pueblo. ¡Honor eterno a tan dignos ciudadanos!

“Después de haber firmado todos, el vicepresidente se levantó de su asiento y, extendiendo una mano sobre el libro de los evangelios, juró ante el Congreso guardar la Constitución. El vicepresidente era León Guzmán, que estaba entonces en el vigor de la juventud. Moreno, delgado, de fisonomía enérgica y vivaz, su semblante y sus movimientos tenían entonces cierta rigidez que hacía traslucir la austeridad incontrastable de su carácter republicano nunca desmentido. Este ciudadano es el mismo que desempeña hoy el elevado encargo de procurador general de la nación, para el que le designó el sufragio popular.

“Siguió luego una escena conmovedora en alto grado, y que yo recuerdo con emoción y respeto: el anciano Gómez Farías, excesivamente débil por su edad y sus enfermedades, descendió con trabajo de su asiento, y apoyado en los brazos de dos diputados se dirigió con esfuerzo frente a la mesa, arrodillándose y poniendo una mano trémula sobre el evangelio; a la pregunta del vicepresidente pronunció su juramento con voz sosegada y firme, después de lo cual, y no pudiendo dominar ya su emoción, se retiró con la misma dificultad al salón de recreo.

“El instante en que el venerable patriarca de la libertad se arrodillaba a jurar, sostenido por los jóvenes, y levantando su cabeza coronada de cabellos blanquísimos, para pronunciar la fórmula sacramental, lágrimas de entusiasmo brillaron en centenares de ojos, la conmoción fue profunda, y si el respeto al acto y a la presencia de aquel monumento vivo de nuestras libertades no lo hubiesen impedido, un grito unánime y prolongado habría hecho estremecer el salón. Aquello era la vejez virtuosa sancionando la obra de la juventud progresista, era la aprobación de nuestros padres a las conquistas de sus descendientes.

“Luego los secretarios pidieron al Congreso entero el juramento. Entonces más de cien diputados que componían la cámara se levantaron erguidos y extendiendo un brazo pronunciaron a una voz “¡Sí, juramos!” con tan firme acento, que aquel grito vibró, como un grito de guerra o de victoria.

“El vicepresidente fue quien tomó este juramento. Leyó después Zarco un manifiesto que fue muy aplaudido y la comisión encargada de conducir al salón al Presidente de la República partió con ese objeto.

“Un momento después apareció Comonfort, de gran uniforme de general y acompañado de sus ministros y Estado Mayor. Atravesó con paso firme el salón, subió a la plataforma y manteniéndose en pie pronunció con la mano puesta sobre el libro el juramento siguiente, que se escuchó con toda claridad.

–“Yo, Ignacio Comonfort, presidente de la República, juro ante Dios reconocer, guardar y hacer guardar la Constitución Política de la República Mexicana, que hoy ha expedido el Congreso”.

–“Si así lo hiciereis, contestó con su voz vibrante el vicepresidente, Dios os lo premie, y si no, Dios y la patria os lo demanden”.

“Enseguida se pronunciaron los discursos de estilo, bajo el dosel.

“¿Quién iba a prever entonces, lo que iba a suceder de ahí a diez meses? El porvenir escondía entre sus sombras los horrores de una guerra de tres años, desastrosa y tremenda. Los enemigos de la Constitución se levantaron para hacerla desaparecer y el arca de la nueva alianza tuvo que salir de su primitivo templo y que recorrer en hombros de sus sacerdotes los desiertos, el mar y las montañas.

“Por fin, la causa del pueblo triunfó, la ley volvió a imperar victoriosa hasta que la ambición europea, guiada por los eternos enemigos de la libertad, trajo a nuestro país otra nueva guerra, más espantosa que la primera. Pero victoriosa una vez más la Constitución domina ya sin trabas y sin temores de nuevos asaltos. Al menos así debemos esperar del buen sentido del país.

“Un escritor francés que los mexicanos conocen mucho, Carlos Barrés, escribió un día que la Constitución de 57, bella, pero infecunda como Sara la mujer de Abraham, no produciría quizás fruto alguno sino en la vejez. Pues bien: he aquí desmentida la escéptica aseveración de aquel periodista. La Constitución tuvo una infancia laboriosa y llena de peligros, ha entrado ya en su período de juventud, y he aquí que no sólo está victoriosa y fuertemente arraigada, sino que lo que es más aún, lo que debemos hacer notar en voz muy alta y con un gozo patriótico sincero: es acatada e invocada por los mismos que tanto la habían combatido.

“Sí, los hombres de acción y de inteligencia del Partido Conservador han hecho público en estos últimos días su reconocimiento expreso y solemne de la carta de 57. Casi todos los que han sabido combatir con la espada en los campos de batalla, o con la pluma, o de cualquier otro modo, contra la Constitución, la acatan hoy como la ley suprema del país. Así pues, cuando el enemigo la reconoce y está dispuesto ya a defenderla también no hay temores para el porvenir, la paz está asegurada y el árbol constitucional va a florecer más lozano y más vigoroso todavía.

Venit post multas una serena dies.

“Después de tantas guerras y desastres, ya era tiempo de que la paz iluminara con su sonrisa el cielo de la patria”. (Ignacio Manuel Altamirano, Obras completas, tomo XVIII).

(JGCL)