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Antropología

Del mismo McQuown, lingüista estadounidense nacido en 1914, es el escrito “La fonética del cuitlateco”, contenido en el mismo número de El México Antiguo. El autor nos aclara la influencia que había tenido en él, el interés que había abrigado “desde hace muchos años el Sr. Pedro Hendrichs por la cuenca del Río Balsas y el estado, en general, y por una de sus escasas tribus indígenas sobrevivientes de las muchas que poblaron esa cuenca en tiempos anteriores, es decir, por los cuitlatecos, en particular, y por su idioma...” Aceptaba que los cuitlatecos se estaban extinguiendo rápidamente y que su idioma era en efecto un idioma ya muerto.

En el mejor de los casos, se podría encontrar algunas personas mayores que lo habían hablado en su niñez pero que lo habían dejado de utilizar en favor del español hacía por lo menos cincuenta años. Su afán de recabar los vocabularios cuitlatecos respondía al “acatamiento a una de las resoluciones de la Primera Asamblea de Filólogos y Lingüistas que se celebró en México en mayo de 1939, recomendando especialmente el estudio de los idiomas en vías de desaparición [...] para propósitos comparativos y reconstrucción de la prehistoria de México...”

En Ajuchitlán (del Progreso), Pedro R. Hendrichs –alemán radicado en México y miembro de la Sociedad Alemana Mexicanista– invitó a don Teófilo Dondé y López, profesor de la escuela del lugar, a escribir un trabajo sobre las “costumbres cuitlatecas”, por ser “uno de los muy pocos representantes genuinos de la ya casi extinta raza cuitlateca”.

El profesor, de 77 años, relataba ingenuamente algunos aspectos de la vida pasada de su pueblo, de los antiguos mayordomos que tenían el mando civil, militar y religioso; que los españoles nombraron ayuntamientos y gobernadores de pueblos, que cuando un joven quería ser casado se buscaba un comisionado llamado Tlatuleador quien se hacía acompañar del Tepantopil del ayuntamiento para ir en comisión a ver a los padres de la novia para concertar el matrimonio, que las fiestas religiosas eran la Adoración de la Cruz, el 3 de mayo, el Plante de la Rosa, el Corte de la Rosa, la Lavada de Ropa de los Santos, la Metida de Escobas, la Enramada del Niño, etcétera. Termina advirtiendo que “cuando tenga algunos datos qué agregar a estos apuntes, continuaré informando a esa Honorable Corporación Alemana para su revista internacional”.

El siguiente artículo es “Chilacachapa y Tetelcingo”, del ingeniero Roberto J. Weitlaner, referido a esos pueblos de los municipios de Cuetzala y Tepecoacuilco, respectivamente, en las riberas del río Balsas, visitados en 1940 y 1941. Weitlaner, según las fuentes, consideraba que podrían ser asentamientos chontales pero descubrió que ambos eran de habla nahua. De Chilacachapa describe las habitaciones, la agricultura y las industrias, la vida social y las costumbres y, sobre todo, la compleja organización socio–religiosa traducida en “capillas públicas” y “capillas privadas” y hermandades relacionadas con un gran número de peregrinaciones hacia el norte del estado.

Para San Juan Tetelcingo anotaba que no obstante su proximidad a la carretera Iguala–Acapulco sus habitantes eran casi monolingües y casi la mitad de los hombres estaban afectados por el mal del pinto. Describía también las balsas hechas de bules flotadores para cruzar el río y la “Danza de los Toritos” y comparaba el dialecto local con el de Chilacachapa, cuyas diferencias resultaron mínimas.

En esos mismos tiempos (1940), Agustín García Vega manifestaba –también en este número de El México Antiguo– que debido al gran interés que existía sobre “el conocimiento y estudio de los monumentos arqueológicos del estado y la importancia que adquiere la menor noticia, por pequeña que ella sea, acerca de este asunto” se decidió a describir la experiencia al realizar una visita a un lugar entre Arcelia y Almoloya. En el mismo, uno de los varios montículos que se encontraban en el área había sido “roto con fines de saqueo por un vecino del lugar y durante las excavaciones quedaron al descubierto pequeñas porciones de las antiguas estructuras...”

El monumento arqueológico fue descrito como una construcción piramidal consistente en una planta rectangular rodeada por muros de piedra con argamasa de barro y aplanados con mezcla de cal, escalinatas, pilares, basamentos en talud, etcétera. Acompañada de croquis de los detalles de la construcción y fotografías, la “Breve noticia sobre un monumento arqueológico en Arcelia, Guerrero” del ingeniero García Vega no permitió situar ni cultural ni cronológicamente los vestigios materiales que describía, resultado de la tarea que le encomendara el Departamento de Monumentos Prehispánicos del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

En las páginas siguientes, Hasso von Winning, antropólogo alemán nacido en 1914, realizó casi por simple curiosidad “Un viaje al sureste del estado de Guerrero” visitando pueblos de los municipios de Chilapa y Quechultenango. Es apreciable su descripción de varios detalles etnográficos; en Chilapa llamaron su atención los trapiches de madera de tracción animal movidos por bueyes; en Acatlán admiró los bordados de los huipiles de seda y las enaguas de las mujeres hechas en telar de cintura; en Hueycantenago encontró esculturas en piedra con figuras humanas hechas en bajo relieve; de ahí, a caballo, se dirigió a Colotlipa y pasó por las grutas de Juxtlahuaca, donde observó pinturas murales coloridas; en Atzacualoya encontró casi una industria de jarros y ollas de barro claro.

El hallazgo en 1932 del señor Sidonio Moreno, originario del municipio de Atlixtac, consistente en un importante lote de 57 objetos arqueológicos: piezas de oro, anillos de cobre, orejeras de obsidiana, collares de conchas, cascabeles, vasijas de alabastro, estatuillas de piedra, fue hecho del conocimiento del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía y evaluado por Eduardo Noguera en 1933, pero fue hasta 1937 cuando José García Payón visitó el lugar del descubrimiento. En esta misma publicación dio a conocer de manera amplia “Un estudio preliminar de la zona arqueológica de Texmelincan” o Tetmilincan, nombre con el que también aparece en los mapas del lugar descrito.

García Payón, no obstante su accidentada y dificultosa excavación, vislumbró una zona de gran extensión, pero por diversos factores –entre ellos el uso agrícola dado entonces a la vasta extensión del terreno– no logró más que reconocer una pequeña área y sacar a luz algunas piezas escultóricas, dos de las cuales forman ahora parte del Museo Regional de Guerrero en Chilpancingo. Las piezas del hallazgo original se encuentran resguardadas en el MNA.

Una vez más, PR Hendrichs aportó un aspecto más de la vida de algunos campesinos de habla mexicana en el área alrededor de Arcelia y de San Miguel Totolapan: “El cultivo de abejas indígenas”. Aunque había evidencias de que en épocas precortesianas la región era tributaria de miel de abejas ante los emperadores aztecas, para la época en que la visitó Hendrichs de esta actividad no quedaban evidencias plenas del pasado. En realidad esta actividad ya había caído en desuso y sólo algunos hombres denominados “mieleros” se internaban en el monte para localizar colmenas y recoger una mínima cantidad de miel. Algunos transportaban el tronco de árbol con el panal hasta su propia casa y lo colocaban en algún muro o árbol de la misma. El escaso producto obtenido era utilizado como remedio y como alimento.

El número de El México Antiguo dedicado al estado de Guerrero terminaba con una noticia de J. G. Hauswaldt que describía las figuras de barro de Tlaxmalac (municipio de Huitzuco). Buscando tesoros, algunos vecinos del lugar excavaron el cerro de La Presa y sólo encontraron más de cien figuras de barro macizo y quemado, casi idénticas, que se conservaron en la casa de uno de ellos.

El México Antiguo siguió publicándose hasta 1969, pero las referencias al estado fueron ya muy esporádicas. Las últimas contribuciones de Weitlaner fueron “Acatlán y Hueycantenago, Guerrero”, resultado de un viaje que, en unión de su hija Irmgard, realizara en 1941 a los dos pueblos mencionados, además de Chilapa, Atzacualoya, Colotlipa y Quechultenango.

Destaca en este viaje, además de los aspectos etnográficos, la detección de una variante del náhuatl, dialecto ajeno a la región y hablado por un grupo de antiguos pastores de cabras y un “vocabulario comparativo de tlapaneco, popoloca–tlapaneco y subtiaba”; el artículo se publicó en 1943. En el mismo número Hendrichs dio a conocer también una de sus últimas colaboraciones a la revista, resultado de su visita en 1942, la cual trataba de cuatro “Tlachtemalacates y otros monumentos de La Soledad”, monolitos prehispánicos de granito, esculpidos artísticamente y rematados en círculo con centro anular, que aún se encuentran en el municipio de Petatlán y en la cuadrilla de La Soledad de Maciel.

En el mismo volumen, Pedro Armillas (1914–1984), arqueólogo de origen español, dio a conocer su muy breve informe sobre “Mexiquito, gran ciudad arqueológica en la cuenca del río de las Balsas”, lugar al oeste–noroeste de Zirándaro y que junto a Amuco de la Reforma y Placeres del Oro (Coyuca de Catalán) conformaban un triángulo de gran concentración de sitios arqueológicos. Ésta fue la única contribución de Armillas a la revista de referencia.