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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Antropología

Entre los códices más mencionados está el Códice Azoyú I (El reino de Tlachinollan), estudiado ampliamente por Constanza Vega Sosay editado porel FCE en 1991. La amplia relación que nos dan a conocer Jiménez y Villela menciona los nombres de aquellos pueblos que cuentan con documentos pictográficos para reforzar su propia historia. Entre ellos están: Tlapa, Ohuapan, Tetelcingo, Teloloapan, Muchitlan, Cualac (códice estudiado por Florencia Müller en 1958), Coatepec Costales, Ayutla, Tecpan, Tistla, Real de Tetela, Petlacala (lienzo analizado por Oettinger y Horcasitas en 1982), Chiepetlán (lienzos examinados por Galarza en 1972), Totomixtlahuaca, Tepetixtla, Tecomatlán, Quechultenango, Tepecuacuilco... La investigación de Blanca Jiménez y Samuel Villela resulta un valioso e indiscutible aporte para el conocimiento de las fuentes primarias que contribuyen al estudio del proceso histórico de nuestro estado.

La parte oriental costera de la entidad empieza ya a sumar análisis socioantropológicos que recurren ocasionalmente a los testimonios de historia regional de López Barroso y Vázquez Añorve, y que hacen prever que esta porción será un nuevo punto de atención, como lo demuestran las actuales contribuciones. Desde el estudio del doctor Aguirre Beltrán sobre Cuajinicuilapa en 1948–1949 pasaron varios años para que la comarca fuera un objetivo preciso y este momento llegó cuando un grupo de investigadores decidieron estudiar, en 1974, los efectos de la implantación de un ejido colectivo y sus implicaciones socio–económico–políticas a nivel local, regional, nacional e internacional.

El ejido seleccionado para un estudio de caso fue el correspondiente a Cuajinicuilapa y tras un extensivo trabajo de campo y de acopio documental resultó un tratado metodológico a nivel de microrregión de los efectos del imperialismo sobre la tenencia de la tierra, el crédito, la producción agrícola y pecuaria, su comercialización, consumo y fuerza de trabajo, etcétera. La obra Cooperativas ejidales y capitalismo estatal dependiente fue firmada por Úrsula Oswald S., Jorge R. Serrano y Laurentino Luna y editada por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM en 1979.

El ejido colectivo al que nos hemos referido en líneas anteriores es una forma de posesión de la tierra resultante de los efectos casi inmediatos de la Revolución Mexicana y la política agraria que era uno de sus postulados. La solicitud del ejido de Cuajinicuilapa fue hecha en 1922 y la dotación definitiva la otorgó el general Lázaro Cárdenas en 1935. Este y otros datos más nos los proporciona el ensayo de María de los Ángeles Manzano Añorve: Cuajinicuilapa, Guerrero: Historia oral (1900–1940), aparecido en 1991. El periodo mencionado es de vital importancia en la lucha por la tierra, no sólo para la región sino para todo el país; por lo pronto, el libro de Manzano nos ilustra sobre las características de aquélla a nivel de esta particular comunidad durante la vida prerevolucionaria, el auge y decadencia de la Casa Miller y la emergencia de las colonias agrícolas y otros cultivos junto con muchos cambios trascendentales.

Aunque el estudio se apoya en los testimonios vivenciales de su gran cantidad de entrevistados –por lo que justifica su calidad de historia oral con un énfasis etnográfico– el complemento documental que lo sustenta proviene de la consulta en los pocos archivos locales, en los estatales, el Archivo General de la Nación, el de la antigua Secretaría de Agricultura y Recursos Hidráulicos, de la Reforma Agraria y de los archivos particulares de sus propios informantes.

El texto es pues un viaje al pasado del pueblo cuijleño en el que se proyecta, por todo el distrito y los vecinos oaxaqueños, la sombra de don Germán Miller y su herencia, de aquella hacienda de peones “libres” pero renteros, del cultivo del algodón y la despepitadora, de los ganados mayores, de la fábrica de jabón, de los barrios y las familias de negros junto a sus “redondos” y de las primeras casas de adobe, del paso de los zapatistas, de la vida cotidiana, de sus fandangos y fiestas, del primer avión que arribó al pueblo... hasta la llegada del reparto agrario y sus primeras consecuencias.

Un autor, dedicado desde sus principios al estudio de diversos aspectos del complejo social y cultural de la Costa Chica, dio a conocer en 2001 una propuesta sugerente para abordar el estudio de las sociedades indígenas de la región. El antropólogo social Miguel Ángel Gutiérrez Ávila, a través de la UAG, presentó su trabajo denominado Déspotas y caciques. Una antropología política de los amuzgos de Guerrero en el cual aborda la problemática del caciquismo, el enfrentamiento de facciones y la lucha por el poder en el municipio de Xochistlahuaca.

Este universo de estudio, acotado por los mismos linderos político–administrativos de la municipalidad, se convierte en el escenario donde Gutiérrez Ávila realiza un estudio de antropología política en vista de que –según la presentación de Danièle Dehouve– “sin el poder político municipal no se puede hacer nada a nivel económico, y ésta es la razón por la cual los conflictos entre todos los actores sociales locales se concentran en la lucha por el ayuntamiento”.

El municipio indígena de referencia, de manera casi cíclica, se violenta en cada cambio del cabildo y presenta movilizaciones sociales muy significativas y neurálgicas para la región y el Gobierno estatal. Gutiérrez se aplica al estudio de este fenómeno analizando los 20 años del azaroso proceso político, de 1979 a 1999, en que ha participado la población y que hace surgir grupos en contra del que parece ser el único interesado en detentar el poder político por siempre.

Toda una serie de sucesos y testimonios son recabados por el antropólogo en su largo e intenso trabajo de campo, que le permiten remitir al lector a cuestionamientos y reflexiones, no sólo por el novedoso enfoque empleado, sino por la realidad reflejada.

Gutiérrez Ávila es autor también de Corrido y violencia entre los afromestizos de la Costa Chica de Guerrero y Oaxaca (UAG, 1988) y Derecho consuetudinario y derecho positivo entre los mixtecos, amuzgos y afromestizos de la Costa Chica de Guerrero (UAG, 1997).

En Tlacoachistlahuaca, cabecera del municipio del mismo nombre, se escenifica cada año La danza de la Conquista o La Batalla (Danza de Conquista), durante los sucesos con los cuales se celebra la fiesta patronal el 8 de diciembre, día de la Virgen Purísima de la Concepción, siendo el principal de ellos esta epopeya de concepción popular sobre el enfrentamiento de “españoles” y “mexicanos” y la derrota consecuente de estos últimos.

La autora del Estudio etnocoreográfico de la Danza de Conquista de Tlacoachistlahuaca, Guerrero, Maira Ramírez Reynoso, presenció por primera vez esta representación en 1989 en Xochistlahuaca, también en su fiesta patronal de San Miguel Arcángel, un 29 de septiembre, y en la que tal vez fuera una de las postreras puestas en escena en este último lugar. Todo parece indicar que la tradición se sigue observando en Tlacoachistlahuaca, lo que tal vez fue la razón para que la antropóloga decidiera continuar con su estudio ahí mismo, durante más de siete años de espaciadas temporadas de trabajo de campo y más de diez veces de presenciar la representación de esta danza–drama o danza–teatral. Además de atestiguar los ensayos y preparativos, la investigadora testificó otras tantas veces el desarrollo de la misma y por lo cual volvía cada año a la comunidad.

La versión de La Batalla o Danza de Conquista dura 13 horas continuas, acción que se inicia en las primeras horas de la noche y termina en las primeras del día siguiente. Algunos otros estudiosos han mostrado interés en el discurso contenido en los largos parlamentos que, como diálogos, muchos indígenas amuzgos monolingües aprenden dificultosamente de memoria para recitarlos apresuradamente durante el drama.

Este discurso contiene una concepción muy particular de los hechos supuestamente históricos que lo inspiraron. Sin embargo, Maira Ramírez registró meticulosamente todos y cada uno los movimientos corpóreos que cada uno de los protagonistas o danzantes ejecutan no sólo con sus pies sino con todos los demás miembros de su cuerpo. Estos movimientos dancísticos son motivados por las diversas piezas musicales y los sones que acompañan el desarrollo del drama, por lo cual ella misma nos explica que “basándome en el eje kinético (morfokinemas), coreográfico (trayectorias espaciales) y sonoro (verbal y musical), reconstruyó la segmentación del continuum dancístico”. Esta aseveración hace que la obra de la etnóloga y bailarina profesional Ramírez, publicada por el INAH en 2003, marque una propuesta tan singular como inédita en el campo de la antropología mexicana.

En su trabajo pionero sobre la población negra o afromestiza de Cuajinicuilapa, el doctor Aguirre Beltrán registró un rasgo característico de la misma: la unión matrimonial sin sanción civil o religiosa denominada queridato (amasiato o amancebamiento), unión que entre hombre y mujer es usual dentro de sus habitantes. Esta clase de alianzas conyugales, que pueden durar toda la vida, origina un tipo especial que matiza las relaciones intrafamiliares y de la comunidad.

Estos acuerdos personales son aceptados socialmente y en ellos puede darse la matrifocalidad, o sea, la preeminencia de la madre o de las mujeres en los lineamientos que rigen la vida hogareña o del grupo doméstico donde el papel del hombre es mínimo o nulo. Las relaciones de parentesco a que pueden dar origen las relaciones que se derivan de este tipo de convenios matrimoniales son tan complejas que deben someterse a mecanismos tan convincentes como efectivos para asegurar la estabilidad de la sociedad afromestiza de la Costa Chica.