Miércoles  21 de agosto de 2019.

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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Antropología

Este calendario resultó, en una gran parte de los casos, casi coincidente con el ciclo ceremonial o ritual de los pueblos sometidos y a esta interpretación la antropóloga se propuso dar su propia visión de lo que significa la “fiesta” y la organización social y ritual que implica. Se derivan de ésta los cargos y mayordomías, los cerros y los pozos cuyo culto propicia las lluvias, las fiestas del ciclo de vida, las ofrendas, las danzas y toda una serie de aspectos que, en su visión muy particular, la condujeron a conclusiones muy peculiares.

La obra que firmaron como autores Alejandro Casas, Juan Luis Viveros y Javier Caballero, biólogos adscritos al Programa de Aprovechamiento Integral de los Recursos Naturales (PAIR), se refiere a la Etnobotánica mixteca. Sociedad, cultura y recursos naturales en La Montaña de Guerrero yfue editada por el INI en 1994.Este tipo de estudios resultan aún un campo pocas veces abordado por la etnografía mexicana y se refieren al aprovechamiento de los recursos en el entorno de una comunidad rural de habla mixteca. Las comunidades elegidas correspondieron al municipio de Alcozauca y sus plantas útiles, dentro de un conjunto de información geográfica, ecológica, histórica, socioeconómica y cultural, así como de los sistemas de producción que se practican en el área y el papel que ejercen en la subsistencia campesina.

Los recursos vegetales utilizados por la población local fueron el objetivo de los investigadores, pero no descuidaron hacer observaciones –inclusive– sobre los rituales agrícolas y de petición de lluvia que se practican para asegurar los cultivos y sobre todo la importancia que representan para la precaria dieta nutricional de los habitantes de Alcozauca. Los campesinos mixtecos del lugar “utilizan alrededor de 400 especies de plantas y animales para la satisfacción de sus diferentes necesidades de subsistencia; cerca de la mitad de estas especies es utilizada en la alimentación”. La experiencia de Alcozauca puede fácilmente generalizarse para casi todos los municipios de la región.

El economista guerrerense Mario O. Martínez Rescalvo volvió a proponer en 2000 una serie de lecturas referidas preferentemente al punto focal de la región oriental del estado: Tlapa de Comonfort, cabecera de la antigua Tlachinollan y lugar de donde él es originario. Tlapa: origen y memoria histórica reúne once ensayos que tratan diversos aspectos históricos sobre el pasado de este centro rector del cual irradiaba influencia y poder para toda una región concebida como “un producto de la actividad humana, que modela un espacio natural, de tal modo que ésta forma un conjunto económico social” y que en este caso resultó por siglos el espacio de mixtecos, nahuas y tlapanecos. El prólogo, del cual esautor elcompilador, nos introduce gráficamente a su contenido.

La arqueóloga Elizabeth Jiménez García se remite al pasado más remoto de esta área y nos ilustra sobre la antigüedad de su ocupación humana desde 2000–800 años a. C. (Formativo Temprano), lo cual se deduce por los elementos olmecas correspondientes a ese periodo. Para el Clásico (200–800 d. C.) aparece la influencia teotihuacana y de 900 a 1200 d. C. la tolteca. Los sitios detectados por su ubicación parecen haber sido fortalezas o puntos de observación.

La contribución de Raúl Vélez Calvo es sobre la población prehispánica de habla tlapaneca cuya antigüedad la sitúa hacia el año 2500 a. C. Después llegaron los mixtecos y por último arribaron los nahuas para convertir a Tlapa en “el reino más importante del sur de Mesoamérica”.

Las instituciones coloniales como la encomienda, los corregimientos y alcaldías mayores o gobiernos, la república de indios, barrios, estancias y sujetos, fueron impuestas por los españoles en la región y para ello contaron –según Rafael Rubí Alarcón– con la anuencia de los gobernantes indígenas quienes llegaron a hacer concertaciones con sus nuevos señores y convertirse en intermediarios político–culturales indígenas, mismos que “jugaron un papel muy importante en la época del dominio español”.

El historiador Moisés Santos Carrera estudia lo que denomina periodo de consolidación del imperio español fundamentado en el acaparamiento de tierras. Esto dio origen en el Siglo XVIIl a la figura de la hacienda, misma que se fortaleció en el XIX, aunque el largo periodo no estuvo exento de la lucha por la tierra de los pueblos ya fuera por constantes litigios o por expresiones de clara violencia.

La varias veces citada Danièle Dehouve describe, en largos periodos, la conformación de La Montaña como una región de rasgos muy propios derivados de su particular desarrollo “desde la formación del reino de Tlachinollan hasta conformar la Alcaldía Mayor de Tlapa, que conservó en lo general la misma extensión territorial del reino precortesiano”. Según su ensayo, Tlapa era un punto importante de paso para las diversas relaciones que se habían establecido entre la metrópoli de Puebla y la Costa Chica, lo que la sustrajo de la dependencia de las minas y el camino real de Acapulco.

El doctor Edgar Pavía Guzmán trató el tema de la presencia en esta región de elementos de características somáticas negroides entre 1743 y 1791. Los sitúa dentro de la compleja sociedad colonial como caballerangos, subalternos o esclavos de las autoridades coloniales. El derrotero de estos individuos no era el de llegar a la Costa Chica, como pudiera pensarse, sino que se incrustaron entre la población indígena y española del área de influencia de Tlapa para cumplir diversos oficios y ocupaciones hasta mimetizarse y desparecer como fenotipo destacable, según las fuentes consultadas por el autor y las conclusiones del mismo.

El compilador Martínez aborda en su capítulo un largo periodo del Siglo XIX con la sucesión de los momentos históricos nacionales y su repercusión en Tlapa: desde la Guerra de Independencia hasta la erección del estado de Guerrero, cuya porción oriental fue segregada del estado de Puebla. Reconoce el economista que la parte que con más énfasis abordó en su ensayo fue aquella de la prefectura de Ignacio Comonfort en el Distrito de Tlapa, las guerras indígenas de 1842–1845 y el accidentado proceso que culminó con la conformación de la entidad sureña.

El historiador regional de origen mixteco, Jaime García Leyva, dedica su ensayo al relato de los bandidos, rebeldes y otros incidentes en la región de Tlapa en los años 1880 a 1890, o sea, a los movimientos sociales durante esta década del Porfiriato y que, aunados a un descontento general, propiciaron los premonitorios sucesos que se avecinaban. El poder, detentado arbitrariamente por los prefectos políticos, se ensañaba con la población indígena y se aliaba con los comerciantes españoles, situación que incrementaba el descontento social y daba lugar a emergentes caudillos regionales como Pascual Claudio y Silverio León. Mientras tanto, Tlapa conservaba e incrementaba su importancia como punto de convergencia de las relaciones y sus conflictivas derivadas de la situación y elevaba asimismo su categoría de villa a ciudad.      

La contribución de Renato Ravelo Lecuona gira en relación a la figura mítica de Emiliano Zapata, cuya ideología e insurrección se proyectaron sobre el paisaje guerrerense y la región de La Montaña, y rescata la figura de Cruz Dircio, líder mixteco que circunstancialmente se unió a las fuerzas de Juan Andreu Almazán, “un joven galán ilustrado de Olinalá”. Así el autor reflexiona sobre la herencia que de Zapata pesa aún sobre los campos de Guerrero y que podría ser la esencia secular de las esporádicas pero regulares manifestaciones de descontento, cualquiera que sea el pretexto o reclamo enarbolados, por seres que sobreviven en un ambiente que “representa los puntos más bajos de todos los indicadores de bienestar, los máximos en malestar, de toda la nación”.

La elección presidencial en el México de 1940 conmovió a todo el país, pero en Tlapa la repercusión fue más que trascendente, pues uno de los dos candidatos era oriundo de la región: Juan Andreu Almazán, general perteneciente a una nobleza ranchera de Olinalá, en la alta Montaña. A este episodio se refiere el trabajo de José C. Tapia Gómez y la trascendencia que tuvo en Tlapa y sus alrededores, detallándonos los antecedentes de aquel momento político en que la lucha por el poder enfrentó al guerrerense con el poblano Manuel Ávila Camacho. En la ciudad de Tlapa surgieron clubes y comités en favor de Almazán y sus pobladores tenían regulares enfrentamientos con los oficialistas. A pesar de ello, la recepción fue apoteósica cuando el olinalteco visitó la cabecera del distrito. Posteriormente, la derrota del paisano provocó –como en tantas otras partes del país– la desilusión en toda la comarca, que continuó con tensiones poselectorales de graves consecuencias.

El general, del que se esperaba un levantamiento rebelde desapareció del panorama político y ya en su calidad de exitoso empresario su recuerdo y figura se desvanecieron en el tiempo. No obstante, el autor considera que debe permanecer en la memoria colectiva pues “el general asestó un duro golpe al poder del estado y abrió a la historia los fraudes políticos, reviviendo el secreto de la acción electoral de las masas populares”.

La compilación culmina con la contribución de Abel Barrera Hernández, quien nos ofrece una visión de la antigua villa de Tlapa, que no por incisiva y certera deja de ser evocadora. El autor, originario del lugar, nos ilustra sobre el proceso histórico y social que ha determinado la actual imagen de la ciudad, en su carácter de centro operacional de las políticas indigenistas e integracionistas que se hacen presentes con la creación del centro coordinador, de la precaria efectividad de los planes gubernamentales de desarrollo, de las procuradurías sociales y otros paliativos de carácter oficial.