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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Antropología

El autor advierte “que este trabajo es sólo un ensayo del estudio del patrón de asentamiento y que las conclusiones derivadas de él no son definitivas, pues sólo con el estudio integral de los materiales arqueológicos se puede llegar a resultados más cercanos a la realidad cultural del área de estudio...”

Otra de las características de las exploraciones arqueológicas en el estado, aceptadas por los mismos investigadores, es que éstas han sido “escasas, esporádicas, inconexas y discontinuas” pero poco a poco se van conociendo informes sobre determinadas regiones además de las mencionadas. El plan que desde 1975 se estuvo realizando en el norte del estado se presentó con un gran avance en 1990 con el nombre de Proyecto Coatlán. Área Tonatico–Pilcaya. En esta gran área la arqueología “trató de identificar, entre otros elementos, los niveles de desarrollo cultural alcanzados por cada grupo que habitó la zona”, así como “establecer las rutas de comercio y de intercambio que debieron existir en la misma región y hacia el exterior; detectar sistemas de irrigación, tipos de cultivo y patrones de asentamiento, determinantes de conductas socioculturales en el área, etcétera”. El libro lo publicó el INAH en 1990.

Los otros dos títulos de la misma colección científica del INAH fueron editados en los años 90 del pasado siglo. El primero de ellos fue Cerámica de época olmeca en Teopantecuanitlán, Guerrero, y es uno de los informes que reportan los primeros resultados de los estudios sobre este sitio, fortuitamente reportado en el municipio de Copalillo. Y como según se explica, la disciplina antropológica no sólo se inclina a las evidencias de carácter monumental, sino que estudia a profundidad los restos de todos aquellos materiales que pudieran conducir a establecer pautas del desarrollo cronológico–culturales en el tiempo y el espacio de Mesoamérica. Este es un estudio de restos cerámicos encontrados en el sitio y un intento serio de clasificación de los mismos como tipos cerámicos de vasijas y tipos de figurillas. La antigüedad que se les determinó fue de 1000 y 600 a. C. Este sistematizado estudio fue hecho por la arqueóloga Rosa María Reyna Robles y publicado en 1996.

El siguiente reporte fue el que se refería al Rescate arqueológico de un espacio funerario de época olmeca en Chilpancingo, Guerrero, que trata del hallazgo accidental, en 1988, de una fosa prehispánica en los terrenos de la construcción de una unidad habitacional al oriente de la ciudad. Además, una de esas tumbas de todo el espacio de enterramientos tuvo la característica de contar con una “bóveda falsa”, rasgo muy apreciado para los arqueólogos, y se pudieron recuperar, tras arduos trabajos, los datos de otros entierros en criptas y cistas o cajas. Por supuesto, estos testimonios habían sido ya saqueados, pero los restos óseos y varias ofrendas pudieron salvarse para su estudio. Se logró rescatar 35 vasijas así como 631 tiestos o pedacería de cerámica y restos de concha, además de muestras biológicas de las semillas que contenían algunas vasijas y el suelo mismo.

Los arqueólogos tuvieron que trabajar con premura para no detener el proceso de la construcción habitacional y todos los materiales fueron estudiados en la Ciudad de México. Los análisis demostraron que el área donde se encontraron estas evidencias mortuorias hacían suponer que estuvo densamente poblada desde 2500–1200 a. C. (Preclásico o Formativo) hasta 900–1200 d. C. (Postclásico temprano).

Este descriptivo trabajo de rescate fue firmado por la arqueóloga Rosa María Reyna Robles y el biólogo Lauro González Quintero en 1998, quienes coordinaron el trabajo de equipo que requirió el estudio interdisciplinario.

Los arqueólogos Jaime Litvak King y Paul Schmidt Schoenberg, del Instituto de Investigaciones Antropológicas (IIA) de la UNAM, han mantenido una presencia regular a través de varios lustros en el espacio que han elegido para realizar sus estudios: el centro del estado. Schmidt presentó en 1990 el resultado de sus indagaciones en el área de Xochipala, adonde arribó con su proyecto en 1975. Arqueología de Xochipala fue publicado por la UNAM y resultó un exhaustivo estudio de esta área y un paso más para dilucidar si “Guerrero pertenece a Mesoamérica o al occidente de México”.

En 2001, LiItvak y Schmidt presentaron Arqueología de Buenavista de Cuéllar, Guerrero. Recorrido preliminar de superficie, reporte de un proyecto iniciado en 1997 donde el objetivo central era estudiar la región comprendida entre el valle de Iguala y el valle de Morelos. El valle de Buenavista de Cuéllar resulta el paso natural entre aquellas dos planicies, área donde existían datos que proporcionaban una secuencia cronológica de ocupación que abarcaba desde 1200–400 a. C. (Preclásico Medio) o tal vez desde el Preclásico Inferior (1800–1200 a. C) hasta el momento de la Conquista.

Además, la situación misma del valle de Buenavista hacía suponer parte de una ruta que conectaba al centro de Guerrero –el área de Mezcala– con las llanuras de Morelos y México en varias épocas, por lo que existía la posibilidad de determinar rutas de intercambio. El reporte general de esta primera fase del proyecto fue publicado igualmente por la UNAM.

La última publicación referida a Guerrero es una compilación de diversas ponencias o artículos, algunas de cuyas primicias se remitían al Primer Coloquio de Arqueología y Etnohistoria celebrado en 1984, así como a otros encuentros posteriores e investigaciones recientes. Esta obra, coordinada por las arqueólogas Christine Niederberger (q. e. p. d.) y Rosa María Reyna Robles, y editada por el INAH, el CEMCA y el Gobierno de estado en 2002, se denominó El pasado arqueológico de Guerrero.

De excelente presentación en diseño y tipografía, esta propuesta sin embargo parece haber sido destinada a la consulta únicamente de aquellos especialistas completamente familiarizados con la región y la temática arqueológica de la entidad. Al neófito o curioso le será difícil acceder al contenido, pues éste carece de prefacio, introducción o prólogo que conduzca al lector al propósito del estudio, las tesis desarrolladas, los comentarios de carácter general a las investigaciones que han precedido al trabajo que se presenta, etcétera.

Los temas tratados en 23 aportaciones se refieren primordialmente a puntos muy precisos: la cultura Mezcala, los sitios a lo largo del río Balsas, el valle de Cocula, Cuetlajuchitlán, el sitio que puso al descubierto la construcción de la autopista Cuernavaca–Acapulco, el valle del río Cutzamala, los litorales de la Costa Grande, la arqueología de Tlapa, la frontera tarasca, la arqueología de Zacatula, el culto de Xipe Totec y varios temas más que sumaron casi 600 páginas.

Como hemos constatado en líneas anteriores, la antes olvidada región de La Montaña se ha convertido en un verdadero punto de atención de los estudiosos de las ciencias sociales. Cada vez aparecen más tratados sobre los diversos aspectos socioculturales que caracterizan a los pueblos indígenas de esa parte del estado.

En 1994 Marcos Matías Alonso, originario de la región, presentó una compilación de 17 lecturas de diversos autores, denominada Rituales agrícolas y otras costumbres guerrerenses (Siglos XVI–XX) que, editada por el CIESAS, reunió desde aspectosetnohistóricos sobre supersticiones e idolatrías antiguas hasta creencias vigentes sobre la “sombra” y el rito para “levantarla” o los métodos de adivinación que se dan en varios pueblos mixtecos, nahuas y tlapanecos y afromestizos. Predominan aquellas referidas a los rituales de petición de lluvias en el pozo y cerro de Ostotempa, cerca de Atliaca (municipio de Tixtla), así como en Petlacala (municipio de Tlapa) y de los propiciados por las diversas fases del ciclo agrícola que se siguen observando entre grupos indígenas como la ceremonia de emborrachamiento de ratones en Zapotitlán Tablas.

Se incluyó material tan variado como el proveniente de Hernando Ruiz de Alarcón, fray Juan de Grijalva, Schultze–Jena, Paucic, Weitlaner, Aguirre Beltrán y de investigaciones y autores más recientes de gran mérito etnográfico. El compilador concluye: “Los rituales cumplen la función de darle continuidad a la cultura indígena, de reforzar la tradición y de sostener la identidad comunal”. El mismo autor publicó en 1997, en la editorial Plaza y Valdés, La agricultura indígena en la Montaña de Guerrero, que resultó un estudio y balance socioeconómicos de los sistemas agrícolas tradicionales y los proyectos modernos experimentales que pretenden complementarse como una alternativa de supervivencia campesina.

El texto pretendió dar respuesta a cuestiones de cómo y por qué se modifican los sistemas de producción agrícola, las consecuencias sociales que pueden generarse por el tránsito de una sociedad agraria tradicional hacia una sociedad rural modernizada y de que si resulta irreversible la declinación paulatina de los sistemas agrícolas tradicionales. Este tipo de proyectos que rebasan la perspectiva meramente antropológica se han originado como otros tantos en el CIESAS, apoyados por organismos de desarrollo social, nacionales y extranjeros.

En 1994, la antropóloga francesa Françoise Neff dio a conocer su libro, editado por el INI, El rayo y el arcoiris. La fiesta indígena en La montaña de Guerrero y el oeste de Oaxaca que representaba un análisis desde el punto de vista de la simbología del antecedente histórico de las fiestas religiosas que realizan las comunidades nahuas, mixtecas, tlapanecas y amuzgas. La autora afirma que tales celebraciones provienen desde la época prehispánica y que éstas se adscribieron al calendario cristiano que les impusieron los misioneros evangelizadores después de la Conquista.