Miércoles  21 de agosto de 2019.

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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Antropología

Esta investigación “intenta no sólo aportar una información lo más detallada posible acerca de los múltiples procesos que conforman y condicionan esta producción particular, sino también apuntar a la amplitud de los problemas y de las posibilidades latentes en muchas de las demás artesanías de la nación”. Así lo asienta en la presentación de su tesis la especialista, razonamiento que le sirviera para obtener el doctorado en la Universidad de California (EUA) y editada por el Fondo de Cultura Económica (FCE) en 1985.

Para convocar a los estudiosos y especialistas en ciencias humanísticas como la arqueología y la etnohistoria se debe tener –además de la comprensión– el respaldo y el apoyo en todos sentidos para realizar un encuentro que resumiera lo que hasta ese momento había producido la investigación y el conocimiento en esos campos de la Antropología mexicana sobre la región de la entidad guerrerense.

A mitad de los años 80 las referencias a los estudios antropológicos sobre Guerrero se remontaban a dos acontecimientos académicos realizados hacía casi 40 años atrás: la IV Mesa Redonda de la Sociedad Mexicana de Antropología de 1946 dedicada al Occidente de México y la IX sesión del Congreso Mexicano de Historia en 1949, que conmemoraba el Centenario de la erección de la entidad.

El Primer Coloquio de Arqueología y Etnohistoria del estado de Guerrero se celebró en noviembre de 1984 en la ciudad de Chilpancingo y fue inaugurado con la presencia del C. gobernador constitucional licenciado Alejandro Cervantes Delgado y el director del INAH, Enrique Florescano Mayet. Acudieron al mismo destacados investigadores, con un cúmulo ya de información obtenida en todos esos años anteriores.Un gran número de aquellos estudios fueron excelentes informes preliminares que hacían vislumbrar publicaciones más completas y detalladas a futuro, como pudo constatarse años después.

Un gran porcentaje de los expositores constituían parte de la planta de investigadores del INAH, pero también hubo intervenciones de estudiosos de la UNAM y de instituciones extranjeras. Resaltaron en las sesiones los trabajos de estudio de diversas áreas y el énfasis en las interrelaciones culturales e influencias, especialmente de las culturas olmeca, teotihuacana y mexica.

Los temas tratados fueron variados y heterogéneos y abarcaron desde la descripción detallada del arqueólogo Pedro Ortega Ortiz Montero sobre una iglesia agustina del siglo XVI en Tetela del Río (municipio de Heliodoro Castillo), así como el estudio sistematizado de petrograbados que presentó la arqueóloga Martha Cabrera Guerrero (INAH), donde resaltaba la riqueza epilítica del sitio arqueológico de Palma Sola en Acapulco.

Paul Schmidt y Jaime Llitvak presentaron un insólito panorama histórico de la arqueología de Guerrero y una propuesta para desarrollar sistemáticamente la investigación en este aspecto. Schmidt, cuya presencia en Xochipala, municipio de Eduardo Neri, y en el lugar de La Cueva, municipio de Chilpancingo de los Bravo, era ya muy conocida, presentó además, en otra intervención, una detallada secuencia del primer sitio.

El sorpresivo hallazgo en el municipio de Copalillo de un sitio denominado en un principio “Teopantecuanitlan” hizo que la arqueóloga Guadalupe Martínez Donjuán diera a conocer las primicias de un prometedor proyecto con la presencia de un gran número de rasgos olmecas, entre ellos un recinto ceremonial con escultura colosal, utilización de grandes bloques de piedra en la construcción, cerámica, red de canales de agua, etcétera.

En este mismo proyecto, la académica francesa Cristina Niederberger Betton reportó un área de habitación doméstica de este lugar al que ella denominó “Tlacozotitlán”. Su trabajo incluyó referencias a la cerámica olmeca del sitio, lítica, materiales y técnicas de construcción y la posible existencia de un taller de trabajo en concha.

El proyecto arqueológico Cocula, que cubría una amplia zona del estado, propició la intervención del arqueólogo Rubén Cabrera Castro, quien reportó los avances de varias temporadas de campo y 95 sitios arqueológicamente sondeados, bien a base de pozos estratigráficos o de excavación de estructuras. La localización de asentamientos era variada: cerca de ríos, sobre lomeríos, en las cimas de los cerros y en cuevas.

En otra ponencia el mismo expositor hizo un esbozo del desarrollo cultural prehispánico en la región del Bajo Balsas. Fue en realidad un resumen integral que abarcaba tanto el aspecto cronológico como el patrón de asentamiento, cerámica, economía, arquitectura monumental y doméstica, etcétera, logrando en algunos casos hacer inclusive una interpretación de la organización social de los grupos que vivieron en esa región.

La obra hidroeléctrica de El Caracol, en la cuenca del río Balsas, le proporcionó al maestro Felipe Rodríguez Betancourt reconocer un área de casi 2000 km cuadrados en la cual registró una secuencia de habitación que abarcaba desde el Preclásico Medio (1200–400 a. C.) hasta el Postclásico Tardío (1200–1521 d. C.).

Figurilla encontrada en la zona de Mezcala.

La arqueóloga María Guadalupe Goncen Orozco (INAH) informó sobre una tumba troncocónica en Chilpancingo, la cual probablemente formaba parte de un sitio arqueológico hoy en día cubierto por la mancha urbana cada vez más extensa de esa ciudad.

Dos estelas donadas en 1983 al Museo Nacional de Antropología, procedentes de Tepecoacuilco, fueron descritas por la maestra Clara Luz Díaz Oyorzábal (INAH) y quedó así demostrada la influencia teotihuacana en el territorio del estado.

El gran proyecto del Templo Mayor (INAH) fue ilustrado por el responsable del mismo, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, quien presentó además a miembros de su equipo que expusieron resultados hasta ese momento de las excavaciones. Oscar J. Polaco Ramos habló sobre restos biológicos que aparecieron en las ofrendas, muchos de los cuales provenían probablemente de las costas de Guerrero y Oaxaca. Así también la investigación de Carlos Javier González González y Bertina Olmedo Vera, estudiantes destacados del proyecto, trataba de las numerosas piezas de estilo Mezcala que allí se encontraron.

Las aportaciones arqueológicas –expuestas por investigadores del INAH y de la UNAM– abarcaron diversos puntos del dilatado territorio del estado de Guerrero, más las intervenciones sobre la etnohistoria tendieron a concentrarse en la parte oriental de la entidad.

La lingüista del Instituto de Investigaciones Filológicas (UNAM), Karen Dakin Anderson, analizó la etimología de los nombres en náhuatl del Códice Azoyú y el Lienzo de Tlapa. Su hipótesis se basó en el sentido de que el náhuatl de estos documentos pudo haber representado el papel de lengua franca, o sea, de uso general en el área. Sobre las mismas fuentes pictográficas, la maestra Constanza Vega Sosa (INAH) adelantó parte de sus avances de investigación y asentó que tal tipo de documentos presentan datos que se relacionan en glifos y toponímicos, nombres y linajes de los teuhtli –grandes señores– nahuas y mixtecos de la provincia de Tlachinollan (Tlapa).

El arqueólogo Felipe R. SolísOlguín (INAH) presentó una descripción del Lienzo de Totomixtlahuaca (municipio de Tlacoapa) o Códice Condumex, señalando las características y la explicación efectiva de los elementos pictográficos que lo integran y la importancia del lienzo en relación a la delimitación y defensa de las tierras comunales del lugar.