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Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Antropología

La mañana del domingo empezó a transcurrir y en la población el movimiento de personas se había incrementado por ser además día de plaza y de la consiguiente misa.

En el hotel, que continuaba custodiado por el Ejército, el grupo de estudiantes esperaba la llegada de los dos últimos integrantes que arribarían procedentes de Cuajinicuilapa. En su recorrido al hotel éstos ya eran custodiados por los miembros del Ejército, pues en el trayecto algunas beatas les lanzaban maldiciones.

Para ese entonces las campanas seguían tocando a rebato mientras los altavoces del templo continuaban arengando a los feligreses para que se concentraran en el atrio y se unieran a la manifestación para dirigirse todos al lugar donde se encontraban los “enemigos de Dios y de la fe del pueblo”. Para el mediodía, la multitud empezó a caminar por las calles y a dirigirse al hotel para rodearlo por su frente y sus esquinas, desde donde muchas personas encabezadas por los párrocos de la diócesis lanzaban maldiciones e insultos además de piedras que se estrellaban en los cristales de la puerta y las ventanas de la hospedería. La presencia de los elementos del Ejército disuadió a la turba de acercarse más al hospital, aunque la gritería continuó por unas horas más.

Figurilla de Mezcala.

Los maestros responsables de la práctica, custodiados por soldados y acompañados por algunos maestros progresistas, continuaban negociando o comentando con las autoridades locales los pasos a seguir ante tal circunstancia que había conducido al grupo de estudiantes hasta esa situación extrema. Ya entrada la noche, los maestros regresaron a informar y ponderar con todo el grupo el incierto panorama que se les presentaba a partir de ese día. La decisión acordada fue de abandonar la región al día siguiente, paradójicamente el día del XLV aniversario de la Constitución mexicana.

 Al día siguiente, lunes 5 de febrero de 1962, después del desayuno, el grupo conformado por los siete estudiantes y los dos maestros abandonaron el hotel y abordaron la camioneta de redilas que los llevaría al campo de aviación, acompañados por los elementos del Ejército. Algunos maestros de las escuelas primarias oficiales, en una última expresión de solidaridad, salieron a despedirlos con sus pequeños alumnos…

Mientras se esperaba el despegue del avión en el campo aéreo los alumnos comentaban los aspectos de la aventura compartida y la suerte de estar, hasta esos momentos, a salvo. En Acapulco, y ya en plena relajación, los estudiantes ponderaban las razones que pudieran haber existido para provocar la violenta reacción de unos pobladores condicionados por el aislamiento ancestral, la ignorancia y la ascendencia de los caciques y prominentes personajes de las oscuras fuerzas que motivaron este acontecimiento. Algunos de estos personajes todavía eran supervivientes y de ascendencia vigente en los umbrales del Siglo XXI.

Las repercusiones del suceso fueron ampliamente comentadas por la prensa de ese tiempo, pero las resonancias que significaron al interior de la ENAH marcaron un momento particular en la memoria de la institución y un episodio particular en la historia de la antropología mexicana. La anécdota pasa de generación en generación hasta la fecha para ilustrar a los nuevos alumnos de los probables riesgos de la práctica disciplinaria.

Al final de cuentas, de muchas conjeturas y del estudio de varios factores, lo que pudo haber provocado toda aquella sucesión de acontecimientos parecía ser la ingenua acción del maestro titular quien, desde su llegada a la región y en vísperas de realizar un viaje a Oriente, se le ocurrió encargar en una herrería o fragua de Ometepec un tradicional machete costeño grabado con una inscripción que en uno de sus lados decía:

En Ometepec, Guerrero,
que queda cerca del mar,
fui forjado con esmero,
para China Popular

Una de las tareas que se ha propuesto la lingüística de México es propiciar el conocimiento de las lenguas indígenas que se hablaron o aún son el medio de comunicación de muchos miles de mexicanos. A esta encomienda se habían dedicado desde muchos años atrás algunos estudiosos del estado, primordialmente los que se interesaban en la parte noroccidental del mismo.

Como se ha dicho, la primera noticia sobre esta lengua (la cuitlateca) fue dada por don Nicolás León en 1903; después Hendrichs, en 1937, encontró a los últimos seis recordantes, que no hablantes, de dicha lengua; en 1945 Norman McQuown hizo un análisis de los fonemas de la misma, y en 1958 la lingüista Evangelina Arana Osnaya (1917–1987) visitó San Miguel Totolapan, donde encontró a doña Juana Can, la última recordante del cuitlateco.

En 1959, Roberto J. Weitlaner y los estudiantes Susana Drucker y Roberto Escalante Hernández visitaron Totolapan para hacer un sucinto estudio de lo que aún podría rescatarse de la cultura material cuitlateca. A raíz de esta visita, Escalante decidió elegir como tema de su tesis profesional como lingüista la descripción de esta lengua casi muerta, teniendo como informante a doña Juana Can.