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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Oratoria

Considerada la oratoria en sus manifestaciones más nobles –ya como dilatación y galanura del verbo humano, ya como índice de la cultura y eco de los sentimientos imperantes, o ya teniendo en cuenta la naturaleza e influjo de su acción sobre la multitud– es un delicado ministerio social, un arte muy complejo, surgido de inexcusables necesidades y particularmente desarrollado durante aquellos periodos ascensionales de la historia en que, vencida la esclavitud y obtenida la libertad, los pueblos alcanzan, al par que conciencia de su propio genio, los primeros afanes de dignificación personal y colectiva.

Este altísimo ministerio de la oratoria tiene como misión tanto el aunar opiniones dispersas y mantener en debida tensión las energías creadoras, como refrenar los temibles arrebatos de la colectividad, reanimándola en sus decaimientos, disipando los errores y previniendo los ánimos contra peligros capaces de comprometer la tranquila y segura convivencia.

La oratoria es fruto espontáneo de la convivencia social. Allí donde un grupo humano, conociendo los peligros de la fuerza bruta, experimenta la necesidad de regir su vida por sí mismo; donde aleccionado por amargas experiencias, desea participar en la conducción de los destinos comunes, disponiéndose a combatir la pobreza y la ignorancia y a concertar las voluntades para el buen ordenamiento de la vida civil, allí veremos alzarse una tribuna y la figura del orador en medio de muchedumbres congregadas por el hechizo de la elocuencia. Y si el orador acata los mandatos de la probidad, su voz tendrá los infinitos ecos que adquiere la palabra cuando se inspira en la imperiosa necesidad de guiar las almas.

Debe advertirse que el arte de la oratoria nace siempre al calor de la libertad, lo perfecciona el progreso, se robustece con la libre controversia y lo marchita la intolerancia. Así lo demuestra la experiencia histórica desde las más remotas edades hasta los umbrales del Siglo XXI. Cuando la Grecia clásica dejó de ser libre bajo el dominio de Filipo, desaparecieron sus más grandes oradores y sólo proliferaron los retóricos envilecidos y los sofistas con alma de lacayos. Cicerón ganó el preciado título de Padre de la Patria por sus infatigables luchas contra los secuaces de Catilina; después de él ya no hubo patria, ni libertad ni tribuna.

A lo largo del silencio medieval que duró mil años, la tribuna se redujo al púlpito. No fue sino hasta los inicios de la Edad Moderna en que empezaron a agitarse los vientos liberadores del Renacimiento y en que la cátedra fue el vivero de la oratoria, en las universidades cosmopolitas donde la palabra del maestro obtuvo la libertad necesaria. Fue entonces que empezaron a renacer los acentos tribunicios de Grecia y Roma que iluminaron la Revolución Francesa, donde rejuveneció el arte de hablar a grandes multitudes e influyó en todos los pueblos oprimidos desde los inicios y a todo lo largo del Siglo XIX.

Para Tácito “la elocuencia es señora de todas las artes” y para Pascal es “la pintura del pensamiento”. La voz, el ademán, el gesto, la postura y el rigor lógico son decisivos en la pronunciación de un discurso. El orador debe estar convencido de su verdad y expresarla con la mayor claridad y sinceridad posible. Debe proveerse de una amplia cultura que abarque, a profundidad, temas históricos, políticos, sociales y económicos. José López Bermúdez, citando a Ribot, dijo con acierto: “la palabra del orador requiere la agudeza de la dialéctica, la concisión de la filosofía, el arrobo de los poetas, la memoria de los jueces, el gesto de los trágicos y la voz de los actores”.

En México, la conmoción liberadora desembocó en varias revoluciones populares, de la que surgieron notables oradores que lograron mover conciencias, y el verbo humano se transfiguró en vehículo y clarín del progreso. Al conjuro de sus nuevas resonancias, la palabra –magno atributo del ser racional– se nos aparece revestida de calidades externas e intrínsecas que dan ritmo elegante al lenguaje hablado, alientan empresas fecundas e imprimen a las pasiones colectivas rango y tono de ideal.

La definición clásica del orador atribuida a Catón: vir bonus, dicendi peritus (hombre probo, experto con el hablar) expresa, más que un hecho general, una armoniosa conjunción, raramente lograda, entre un hombre probo y la capacidad de su elocuencia. Han existido y existen, por desgracia, falsos oradores que ponen sus facultades persuasivas al servicio de causas perversas, pero el pueblo no tarda en desenmascararlos y los llama demagogos. Son desviaciones prontamente advertidas y calificadas con el epíteto que merecen. Los verdaderos oradores resisten el juicio de la historia y su prestigio se engrandece con el tiempo.

El estado de Guerrero ha sido cuna de excelentes oradores debido a la egregia herencia de sus antepasados heroicos y a las luchas que los surianos emprendieron desde la Guerra de Independencia hasta la Revolución de 1910. El primero que debe mencionarse es Ignacio Manuel Altamirano, quién surgió en la etapa turbulenta de mediados del Siglo XIX, de asonadas y cuartelazos, de golpes de Estado y de intervenciones extranjeras. Su primera aparición en la tribuna parlamentaria ocurrió en 1861, durante la primera vez que fue diputado federal por el distrito de Chilapa. Emergió su palabra vibrante destacándose dentro de una pléyade de notables oradores como Manuel Gómez Pedraza, a quién llamaron “el Júpiter tonante de la tribuna”; Mariano Otero, quien, al decir de Guillermo Prieto, en una ocasión habló por más de tres horas, defendiendo la Federación contra José María Tornel, subyugando a quienes lo escuchaban jubilosos; Ignacio Ramírez, impetuoso y vehemente, cuyos discursos en la discusión de la Constitución de 1857 se caracterizaron por su lógica inflexible; Manuel Doblado, de irresistible elocuencia; León Guzmán, que llevaba a su auditorio hasta la pasión más intensa y arrebatadora; el mismo Guillermo Prieto tenía desplantes tribunicios verdaderamente admirables, y lo mismo se puede decir de Francisco Zarco, de Melchor Ocampo y de Ponciano Arriaga.

Dentro de este grupo de formidables tribunos Altamirano fue Primus Inter Pares (el primero entre sus iguales). Los hermanos y reputados bibliófilos Francisco y Eufemio Abadiano, que escucharon muchas veces a Altamirano, nos lo pintan en la tribuna como “un indio agresivo, con perfil de azteca fiero, ojos brillantes de águila, de cabellera enhiesta que echaba hacia atrás sacudiéndola como un penacho” y aseguran que se transfiguraba al pronunciar sus discursos.

Don Joaquín D. Casasús dice de Altamirano: “él realizó entre nosotros el tipo de orador francés de la época de la revolución. Era, por la inspiración, un Mirabeau, por la energía, un Dantón, por los arranques líricos, un Saint-Just, por el furor de sus pasiones, un Robespierre”.

El primer discurso de Altamirano lo pronunció en Cuautla en la tribuna cívica el 16 de septiembre de 1855. Por mucho tiempo ese discurso se consideró perdido, pero la acuciosa investigadora Nicole Girón lo rescató recientemente del archivo de la familia Cassasús–Montagenier en Francia y se publicó en el tomo XXIII –el penúltimo– de las obras completas del insigne patriota, en diciembre de 2001. Llama la atención que Altamirano en ese discurso se dirija a su auditorio como “Pueblo Rey”, porque para él no existía otra instancia superior en México.

La Secretaría de Educación Pública, en 1949, realizó una compilación de los discursos de Altamirano y fueron 56 los que aparecieron publicados. En la advertencia del libro se hace saber que fueron todos los que pudieron reunirse y a los que debe agregarse el primero anteriormente mencionado. Dentro de ese joyel de espléndidas piezas oratorias, destaca la más famosa llamada “Contra la amnistía” que pronunció Altamirano en la Cámara de Diputados el 10 de julio de 1861 y que le valió el sobrenombre “el Marat de los puros”, por su exaltado radicalismo y verbo de fuego. El diputado Juan A. Prats, de tendencia moderada, presentó un proyecto de ley para otorgar a los conservadores recién vencidos una total amnistía que, a su juicio, evitaría más derramamiento de sangre. El proyecto fue dictaminado favorablemente por la Comisión de Gobernación, haciendo algunas excepciones. Todavía estaba fresca la sangre de Ocampo y de los mártires de Tacubaya, por lo que a Altamirano le pareció aberrante que cuando los conservadores asesinaban en forma artera a los liberales se les ofreciera un perdón inmerecido, y se levantó soberbio sobre la tribuna para combatir enérgicamente el dictamen sometido a consideración del pleno. “El discurso –escribió Justo Sierra, quien lo escuchó– oscilaba entre el anatema y la admonición. Toda la pasión de un joven de 27 años brotaba de aquellos labios con lengua de fuego.” El diputado guerrerense, con su torrencial elocuencia, desmenuzó y rechazó enérgicamente el proyecto:

“O somos liberales o somos liberticidas, o somos legisladores o somos rebeldes, o jueces o defensores. La nación no nos ha enviado a predicar la fusión con los criminales, sino a castigarlos”.

La discusión prosiguió al día siguiente y Altamirano con mayor vigor volvió a la carga con más contundentes argumentos: “Antes que la compasión está la justicia”; y finalizó diciendo:

“La amnistía es el arco triunfal de Comonfort. Si algún día voto por ella quiero que se me arroje de este salón, y estoy seguro de que don Juan Álvarez me esperaría al otro lado del Mezcala para ahorcarme”.

El proyecto no resistió el fogoso embate del orador suriano y fue rechazado por la Cámara. La multitud que abarrotaba las galerías esperó a la salida al joven Altamirano y lo llevó en hombros, desde el Palacio Nacional, donde estaba el recinto legislativo, hasta su casa en la calle Palma, entre vítores y exaltadas alabanzas.

El trepidante discurso fue comentado por la prensa nacional. Luis González Obregón en el periódico L’Estaffete escribió: “En toda la ciudad todavía resuena el discurso del señor Altamirano. Se está poco acostumbrado en la sociedad mexicana a una vehemencia semejante de lenguaje y a esa inflexibilidad de principios. Su manera de decir es concisa y de una firmeza notable. Su estilo, desnudo de metáforas exóticas, tiene vivas salidas y va derecho al objeto del pensamiento. La fuerza de su palabra consiste, sobre todo, en una argumentación cerrada. Nunca hemos oído un orador tan nervioso y arrebatador como al señor Altamirano, que era, todavía hace algunos días, un desconocido”.

Con todo y la justa fama del discurso contra la amnistía, la cual fue aprobada en noviembre de ese mismo año ante la eminente intervención francesa, creemos que el más trascendente discurso de Altamirano lo pronunció en la tribuna cívica, en Tixtla, el 16 de septiembre de 1866. En esa formidable pieza oratoria, Altamirano denunció la inactividad militar de los guerrerenses ante los intervencionistas franceses. Se refirió a Diego Álvarez, que era el jefe de las armas y gobernador del estado, quien permanecía inexplicablemente indolente, como si México no estuviera en pie de guerra. Puso de ejemplo a Vicente Guerrero para quien “un día de combate era la víspera de otro y buscaba los escondites de la sierra, no como un abrigo sino como un puesto de emboscada. Para nosotros –dijo– la falta de recursos es una barrera insuperable, para Guerrero era justamente un estímulo para ir en búsqueda del enemigo. Para nosotros la inmovilidad es un sistema estratégico, para Guerrero era un crimen”.

Con su acostumbrada vehemencia exhortó a los tixtlecos a tomar las armas y logró ser escuchado. En poco menos de dos meses reunió a un grupo de 400 jinetes decididos a defender la patria con su vida. Se dirigió a Iguala, donde aumentó el número de sus soldados, tomó Puente de Ixtla, Jojutla, Tlaquiltenango, Yautepec y Cuautla. En compañía de los generales Ignacio Figueroa y Francisco Leyva, pusieron sitio y se apoderaron de Cuernavaca. Luego marchó por el Ajusco y llegó hasta Tlalpan a principios de 1867, convirtiéndose así en el primer jefe republicano en pisar el valle de México, todavía ocupado por los franceses. Llegó a Toluca, se unió a Vicente Jiménez y a Vicente Riva Palacio, y juntos marcharon a Querétaro, donde Altamirano se distinguió por su valor sin límites.