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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Artesanía

Es el conjunto de todas las clases de trabajo ejecutado con las manos, empleando quien lo realiza su habilidad en la hechura de cada objeto en vez de hacerlo en serie. Se aplica particularmente a lo que algunos diccionarios llaman conjunto de artes menores, entre las que se reconocen la carpintería, la zapatería, la talabartería, la orfebrería, la alfarería, el tallado de madera, la producción de textiles, etcétera, hechos por trabajadores y menestrales.

Artesanado se le llama al conjunto de artesanos de cierto sitio o clase social formada por ellos.

Artesanía es un vocablo que proviene de la palabra artesano, del italiano artigiano: hombre que trabaja con las manos elaborando objetos de uso doméstico.

Ya en el Siglo XX y en la primera década del Siglo XXI la calidad de artesanía se aplica o se confiere también a productos plásticos porque provienen de un proceso fundamentalmente manual calificado en relación a máquinas y patrones industriales. Así, el artesano utilizando las máquinas podrá hacer muchos objetos en serie en menor tiempo, pero esos objetos habrán perdido no sólo los materiales tradicionales sino también su valor estético (Victoria Novelo), ese valor que les confiere el ser elaborados con las manos, y aunque de primera intención sólo serán producidos para servir también están pensados como objetos que al ser mirados y tocados puedan ser disfrutados por todos los sentidos de quien los use.

En nuestro país, específicamente en el estado de Guerrero, se elaboran objetos de uso de manera artesanal y utilizando materiales naturales de las diversas regiones, algunos desde antes de la Conquista. Así, por ejemplo, se han empleado tradicionalmente la palma, el tejido del tule, el tejamanil, las maderas preciosas, los trapos, el dulce, la hojalata, el papel, el cristal, la cera, las hojas de maíz, los bules de calabaza (tecomates) que se laquean o decoran, el barro, el plomo y el carrizo. Quienes trabajan estos objetos no solamente están buscando que sean hermosos, sino que presten un uso doméstico, y los elaboran de tal manera que son muy agradables a la vista y al tacto.

Cántaro de barro decorado con engobe a manera tradicional.

Dice José Emilio Pacheco que se acaban las naciones, se desmoronan las civilizaciones, nosotros mismos nos vamos y sólo quedan algunos frágiles objetos que hombres y mujeres añadieron a la realidad para satisfacer sus necesidades como utensilios para cocinar, vasos ceremoniales, joyas para adornarse, monumentos para adorar a sus deidades. Esos objetos, que se elaboran con tierra, agua, fuego y aire, y que aunque salgan de las mismas manos nunca son iguales –no obstante estar hechos con los mismos materiales y procesos– nos muestran que en su definición más inmediata se hace arte cuando se transforma la materia con la imaginación ilimitada del artista.

Esos productos que llamamos artesanales –que no sólo en nuestro país se producen, sino en otros también–, objetos de gran belleza que representan mundialmente a nuestras antiguas culturas, no son considerados arte.

Existe toda una polémica sobre el arte culto y el arte menor. Estos conceptos no siempre tuvieron vigencia, surgieron de las sociedades clasistas donde la dominación desde su esfera ideológico–cultural ha exigido que los productos culturales reflejen la misma distinción y distancia de las clases de donde venían, lo que explica la imposición de modelos, de símbolos y de valores, y la idea de ser superiores. De ahí que se crea que hay arte con mayúscula o designado culto y artes menores. De esta manera la música clásica, la opera, el ballet, las pinturas renacentistas o contemporáneas de pintores con renombre y firma, reconocidos en las exposiciones o galerías, son considerados arte culto, y el arte indígena es considerado arte menor o, por definición, artesanía.

También se le ha llamado arte popular indígena y en los mercados turísticos se le denomina “artesanía” y se ha vuelto objeto de colección para los “conocedores”. Este hecho dio lugar a que se buscara en los objetos artesanales la autenticidad del estilo y del diseño, y, de ser posible, la firma del artista (lo que aparte de añadir más valor a la mercancía sirvió para aislar las regiones de productores, etiquetar y foliar los productos que, de objetos y símbolos incorporados a la vida cotidiana con un significado para los autores, se convirtieron en elementos inconexos, objetos fuera de sus lugares y lejos de aquello para lo que fueron hechos, para ser sólo objetos cuya belleza se exhibe en las vitrinas).

Y obtuvieron un importante valor económico para los revendedores que se fueron estableciendo en grandes tiendas especializadas que denominaron “artesanías y curiosidades”. Así se inventaron etiquetas avaladas por organismos oficiales o por asociaciones de artesanos “libres de toda sospecha” que autentificaban lo folclórico, lo exótico o primitivo, y los creadores no tuvieron más que petrificarse y producir sólo lo que se reconociera como tradicional.

La historia de esa comercialización del arte indígena, popular o artesanal, de la apropiación como trabajo y salario de toda clase de productores y de la apropiación de su significado ha sido motivo de grandes esfuerzos de investigación desde que en el Siglo XIX se “descubrió” la existencia en el territorio nacional de múltiples grupos indígenas, hablantes de diversas lenguas, que eran distintos a las poblaciones mestizas hablantes del español.

Esta diversidad se convirtió en preocupación para los grupos de poder, pues se pensaba que de la fusión de dos culturas -la blanca y la mestiza- podría generarse una nueva nación, pero con la indígena sería imposible la tan anhelada y necesaria integración nacional. México no podría llegar a ser una nación moderna y digna que pudiera hacer frente a los intereses imperiales a menos que lograra desarrollar su economía y unificar su cultura. Esta preocupación se convirtió en objeto de política demográfica y educativa, pues las oligarquías terratenientes, sus ideólogos e intelectuales consideraban a la cultura indígena muy inferior a la de la población occidental.

Recordemos que a mediados de ese siglo las Leyes de Reforma atacaron la base económica y agraria de las comunidades indígenas, que era el fundamento de su identidad nacional para beneficiar al capitalismo agrícola. Estos proyectos fueron interrumpidos por la Revolución de 1910 y retomados al final de dicho movimiento como indigenismo; éste se proponía promover el desarrollo económico y social de las comunidades indígenas y su integración nacional sin considerar el problema como racial sino como cambio cultural –que algunos estudiosos llamaron “desindigenización”–, que sería la tarea de los maestros de las escuelas rurales a quienes en su concepción generosa se consideraba como los principales agentes modernizadores. Sin embargo, el programa “único” de las escuelas rurales no tomó en cuenta las características económicas, sociales y culturales de cada comunidad indígena, problemas aparte del aislamiento geográfico y lingüístico, y fracasaron en ese intento.

Paradójicamente la producción de lo que llamamos artesanía, a pesar de los problemas que enfrente, nos representa culturalmente dentro y fuera del país; el arte indígena no sólo lleva a los pueblos a mantenerse económicamente a pesar de los defraudadores, sino que sirve de pertrecho, de resistencia cultural, y es una de las formas de sobrevivir y de expresar tradiciones culturales muy importantes, entre las que se cuentan la medicina herbolaria, las fórmulas y rituales culinarios, y las festividades ancestrales.

No obstante el racismo y, aún hoy, el aislamiento geográfico, las altas y bajas en el mercado de “curiosidades”, y pese a la erróneas conducta gubernamental y a la falta de promoción –dice el ensayista y escritor Carlos Monsiváis– el arte popular mexicano sigue deslumbrándonos con sus poderes de representación, fantasía y gozo formal.

En el estado de Guerrero existen vestigios de antiguas culturas y en sus elementos decorativos o ceremoniales todavía podemos observar algunos rasgos, estilos y materiales que se usaron en la antigüedad. La Conquista española trajo para los artistas indígenas otras técnicas, formas, estilos y artefactos como el torno para la alfarería y algunos telares de uso europeo que se incorporaron al trabajo artesanal. De igual modo los españoles emplearon materiales, medios y tintes que aprendieron de los mexicanos. Estos elementos aunados a nuevas técnicas y materiales dieron paso a otras formas de las que algunos pueblos se volvieron especialistas; así, por ejemplo:

  • Los ceramistas de Taxco, que aún utilizan formas primitivas de producción y que han incorporado materiales y técnicas francesas como los alumnos del taller Tizzot obtuvieron excelentes resultados en sus trabajos por el apoyo de los dibujantes a pincel de Xalitla. Este taller dejó de trabajar en 1993.
  • La platería es la riqueza artesanal de Taxco (que ya desde el Siglo XVI se conocía como un importante pueblo minero). José de la Borda, rico minero francés, “agradecido con Dios por la gran fortuna en plata que logró acumular” edificó con el servicio personal de los indígenas una bellísima iglesia que llamó Santa Prisca para que en ella dijera misa su hijo sacerdote; esa construcción, que en material costó 1 661 572 pesos (de los duros) y varios cientos de vidas indígenas, se concluyó en 1758 y al año siguiente recibió nombramiento de cura don Manuel de la Borda. Hoy, con el oro y la plata que se obtienen de las minas y yacimientos de Taxco, Campo Morado, Mezcala y otros lugares se trabajan en los mejores talleres artesanales taxqueños los más bellos objetos de arte para uso y adorno.

 
Ensaladera con incrustación de plata. Taxco.

  • En las poblaciones de la región montañosa se trabaja el laqueado sobre madera, frutos secos y cuencos de calabaza. Esa actividad tiene su origen en la época prehispánica y sus productos formaban parte de los tributos a la Triple Alianza; en su elaboración se usaban maderas del árbol de linaloé, de las que emanaba naturalmente un bello y delicado aroma; se utilizan en los tintes colores vegetales, de tierra y de moluscos o insectos como la grana. En 1790 el cura Joaquín Alejo de Meave escribió un estudio sobre las lacas olinaltecas, que le publicó el padre Alzate en sus Gacetas de Literatura, titulado Memoria sobre la pintura del pueblo de Olinalá; en este trabajo el cura De Meave no usa la palabra laca, sino pintura. Sahagún hace alusión a “las jícaras untadas con barnices que les dan lustre”. Otros historiadores novohispanos del Siglo XVI usaban las palabras barniz y pintura. Medio siglo antes del cura De Meave, José Antonio Villaseñor se refirió a las lacas de la misma región cuando realiza la primera descripción global, geográfica y económica de la Nueva España.

En el Siglo XX se incorporó a las antiguas técnicas el famoso rayado de las piezas, similar a lo que hacen los artesanos hindúes, como tiempo atrás se recibió la influencia del laqueado de los objetos llegados en la nao de Manila y que hoy en el Siglo XXI se elaboran en pueblos como Cualac, Temalacatzingo, Chiepetlán y Olinalá en menor escala, y con influencia purépecha en Acapetlahuaya, Teloloapan, y Texcatlán. Estos artesanos son en realidad verdaderos artistas en aplicar el “dorado”, trabajo que se realiza pintado a mano con pincel y cuyos motivos son estilizados de aves, flores o animales reales o imaginarios.

Charola laqueada con técnica de “rayado” Olinalá, y baúl de madera, laqueado y decorado con pincel “dorado”, respectivamente.

  • La orfebrería se trabajaba ya en la época prehispánica. Los antiguos mexicanos obtenían el oro de las vetas en la tierra o en los ríos, en metal como botín de guerra, tributo, concesión o presente de los pueblos dominados. Se conocían también diversas formas de aleación de oro y plata, plomo y mercurio, bronce y cobre, cobre y plomo, cobre y oro. Los objetos eran apreciados para uso ceremonial y adornos personales que demostraban la poca o mucha dignidad de sus portadores, rangos militares o religiosos y realeza familiar. Los orfebres más famosos todavía existen y laboran en pueblos de las Costas Chica y Grande, en la Tierra Caliente y en Iguala.
  • La talabartería es el trabajo manual con el que se tratan sobre todo las pieles de ganado vacuno, porcino y caprino, proceso necesario para poder elaborar objetos de uso como zapatos, chamarras, abrigos, chaparreras, bolsas, fundas para armas, cinturones, carteras y varios más. Esta artesanía toma su nombre del talabarte, que era el cinturón para la funda de la espada, y se establece con la llegada de los españoles a México, pues los jinetes usaban todo tipo de artículos hechos de piel, así como arreos y sillas de montar. En la parte norte del estado de Guerrero se encuentran la mayoría de los talabarteros y es en Buenavista de Cuéllar donde ha sobresalido el mejor trabajo artesanal de vaqueta y piel, concursando incluso en las ferias y exposiciones de todo el país. Hoy el trabajo manual de la talabartería se ha ido perdiendo por el uso de la maquinaria industrial.
  • La palma es otro material herencia de los pueblos ancestrales que tejido a mano produce objetos de uso de colores llamativos hechos con mucha gracia y belleza. A veces son también juguetes llenos de imaginación; en otras, los tejidos de palma se incorporan a los muebles o se elaboran capas impermeables, sombreros, canastones, abanicos, petates, tapetes para cubrir los suelos de las casas, y aventadores. En algunas regiones el tejido de palma es una especialidad, pues se elaboran sombreros finos, como en San Luis Acatlán, municipio de la Costa Chica, en Tlapehuala, municipio de la Tierra Caliente, pueblo conocido como la cuna del sombrero calentano. Las crónicas nos dicen que el oficio de trenzar la palma para hacer sombrero lo enseñó el fraile Juan Bautista de Moya en 1554, siendo sus primeros alumnos indios de Cutzco. El sombrero es parte importante de la indumentaria del hombre del campo y sello característico de los guerrerenses.

Cesta tejida de tule coloreado. Tlamacazapa.

  • En la Costa Chica se encuentran los pueblos amuzgos de Xochistlahuaca, Tlacoachistlahuaca y Huehuetónoc, y pueblos de origen náhuatl, que son famosos por sus mujeres tejedoras de algodón en telar de cintura; con la tela que obtienen confeccionan prendas de vestir, huipiles, enredos, servilletas, calzones y cotones. En Zitlala y Acatlán las mujeres confeccionan vestidos tradicionales, blusas y faldas bordadas con artisela de colores en fondo azul marino y decorado con flora y fauna de su región, conjunto que se llama de “acateca”. En Ometepec se elaboran las blusas blancas bordadas con chaquira; sus sorprendentes bordados guardan el recuerdo de animales fantásticos, tótems, vegetación y elementos geométricos, plantas maravillosas y personajes de la vida cotidiana ancestral. Otra rama de los textiles son los rebozos, que cada vez se elaboran en menor escala, de hecho se han perdido talleres en Chilapa; sin embargo, en los que quedan todavía se elaboran los rebozos de bolita pintados de azul añil, que no se resbalan ni pierden su brillo, envolviendo delicadamente los hombros femeninos de los pueblos de Guerrero. 

Rebozo tejido en telar de cintura, brocado en los extremos con
hilos teñidos con tintes naturales, empuñado recto. Artesana:
Clementina Valtierra Morales, oriunda de Xochistlahuaca.

Huipil amuzgo, tejido en telar de cintura. Xochistlahuaca.

  • Del carrizo se tejen canastones, chiquihuites, juguetes, techos para casas, jaulas para pájaros. Castillo de Carrizo. Artesano: Albano Vázquez, nacido en Chilapa.
  • De las hojas de maíz se elaboran adornos, flores, juguetes.
  • De la madera se elaboran muebles, juguetes, casas, carretas, barcas, papel. Los más bellos e importantes códices con nuestra historia antigua e inmediata están hechos de hojas de papel amate, que se obtiene de la corteza de los árboles. Sin la madera los humanos no hubiéramos podido sobrevivir en la tierra, pues nos ha servido para tener fuego y levantar ciudades. Los árboles nos dan oxígeno y frutos que nos alimentan, bajo sus frondas encontramos descanso y frescura. La paradoja terrible de la historia humana es que le hayamos declarado la guerra a nuestro mayor benefactor: el árbol, y que hoy, en pleno Siglo XXI, estemos en peligro de quedarnos sin árboles. La resolución de este conflicto es todavía un enigma entre los muchos que enfrentamos los humanos en nuestra contradictoria existencia.

Taller en Venta Vieja, municipio de Eduardo Neri.

  • La producción de machetes es muy vasta en nuestra entidad. Cualac (en La Montaña), Ayutla (en la Costa Chica) y Tecpan (en la Costa Grande) tienen magníficos artesanos.

 “No existe grupo humano que no sea capaz de inventar obras admirables. Todo nos pertenece. La llamada alta cultura y el arte popular se enriquecen mutua y constantemente. En una época en que el mercado se tomó por asalto, el universo de las divisiones desdeñosas ya no se sostiene. Aquel a quien todavía llamamos artesano emplea meses y meses en terminar una obra que no firmará ni volverá a ver cuando a cambio de un pago mínimo se desprenda de ella”. José Emilio Pacheco.

(FPM/HCB/MVEC)