Miércoles  18 de septiembre de 2019.

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Ing. Sandra de Jesús Sánchez

Ing. Fernando Sánchez Garibay

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Música de Guerrero, La

A manera de introducción: El entorno, la exclusión, la identidad.

Si existe una entidad marcada por su geografía, ésa es Guerrero. Desde tiempos inmemoriales, cañadas, cimas, sierras, ríos y costas, valles y vegas conformaron su “destino manifiesto”. Los primeros grupos humanos ocuparon principalmente cauces de ríos, caletas y playas, valles planos y zonas escarpadas. Y con el transcurrir del tiempo y de la historia, fue surgiendo, a fuerza de inteligencia, de voluntad, de emoción y de trabajo, un extenso territorio donde la minería, la pesca de subsistencia, la alfarería, la copra y últimamente el turismo, moldearon el rostro del ser de los guerrerenses.

En ese vasto territorio nacieron pueblos y una larga historia insurgente que no para hasta nuestros días; también, diversas identidades y nichos específicos en un territorio donde la circulación cultural se fraguó más lentamente que en otras entidades federativas, producto de la falta de vías de comunicación. Las venas del cuerpo de Guerrero no han sido capaces hasta hoy de llevar la sangre del desarrollo a la inmensa mayoría de pueblos y ciudades, no se diga del equipamiento urbano, bienes y servicios. Existe una carencia atípica en un estado rico en casi todo, incluyendo la pobreza; flora, a punto de ser exterminada por la voracidad de talamontes y amapoleros; fauna, que además del impacto ecocida, también sufre la caza inmoderada, los pesticidas y otras menos elocuentes formas de exterminio.

En esta diversidad geográfica, se han asentado grupos humanos que han convertido su estancia en centro del mundo. En ningún lugar de México es tan poderosa esta proliferación de identidades. Es como si en cada región de Guerrero y en cada comunidad existiera una supra identidad que al mismo tiempo que dota al guerrerense de un soporte cultural, lo separa de las otras identidades.


Músicos de Taxco.

El fenómeno sonoro de Guerrero es riquísimo, inexplorado y mal estudiado, como casi todo el bagaje cultural que sobrevive en la entidad suriana. De Costa Chica a Tierra Caliente, de ésta a La Montaña, de la región Centro a la Norte, y de esta confluencia a Costa Grande, los caminos se bifurcan y entrelazan. Existen veredas y atajos que le han permitido al guerrerense sopesar esta válvula cultural y señalar con punzón de fuego aquello que le es propio y distinguirlo de lo otro, que aunque pertenezca al mismo entorno es de los otros, que en resumidas cuentas se convierte por obra y gracia de la historia en un nosotros elástico y frágil. Aquí habría que detenerse a invocar a los chaneques marinos y del desarrollo, para ajustar esta idea con la carambola de tres bandas que significó para el estado el nacimiento de Acapulco como centro turístico y lo que esto impactó en toda la entidad.

Finalmente, el sentido de exclusión es visible en casi toda la historia de Guerrero en los últimos doscientos años. La no construcción del ferrocarril, que sólo llegó al poblado de Balsas. El truncado sueño del magnate Trouyet de construir un tren bala que comunicara al Distrito Federal con Acapulco y la reactivación global de la economía en todo el estado, es un reto que aún no ha sido subsanado. Las venas de Guerrero –por ejemplo, las que van a Tierra Caliente– llegaron con el general Cárdenas; en la Costa Chica fue hasta la década de los 60 que se abrieron los ríos, se construyeron puentes y la circulación humana dejó los caminos de herradura, las avionetas y los caballos. Apenas el año pasado (2008) se inauguró un puente que une a los estados de Guerrero y Michoacán en la misma zona calidense. Y mientras, el sueño de los habitantes de La Montaña, la sierra y los valles es poder contar con carreteras que aún están guardadas en los bolsillos de los gobiernos federal y estatal. La prueba de ello es que la autopista del Sol fue construida con el mismo criterio excluyente, pues en todo el recorrido son contadas las entradas y salidas, para que comunidades y pueblos tengan acceso a ella, como es común en otras autopistas del país. Un ejemplo: los pueblos del Alto Balsas carecen de una entrada a la autopista del Sol que favorezca el desplazamiento hacia sus mercados: Cuernavaca, la Ciudad de México y Acapulco; esto impide sacar las cosechas, las artesanías y otros productos de cuero y lácteos y, al mismo tiempo, hacer llegar los servicios a los pueblos situados a la vera de la autopista (pueblos cuyos fundos legales o terrenos privados, al menos en parte, fueron afectados).

En este contexto de excepción y marginación es que surge una fuerza poderosa: la música.

Tradición y resistencia.

La sevicia de la exclusión a los guerrerenses permitió el aislamiento y con ello el fortalecimiento de tradiciones –la mayoría prehispánicas, con sabor agrario y tectónico– y, desde luego, de la música, inseparable en fiestas religiosas y populares.

De la música prehispánica en nuestra entidad poco se puede hablar; carecemos de registros auténticos. Lo que podemos afirmar es que gran parte de esa música está viva; que la podemos escuchar en danzas y ceremonias celebradas en peticiones de lluvias y en otros rituales agrarios y cósmicos con un tinte astronómico. Piteros y tamborileros, tocadores de chirimía y violín, sobre todo de la Alta Montaña, hasta la fecha la practican, y es una tradición que ha sobrevivido gracias precisamente al aislamiento forzado. Este breve ejemplo permite afirmar que a pesar de que viven en un “mundo cerrado” –metáfora con que un líder indígena del ejido La Primavera separa a su mundo del mundo abierto de los ladinos–, la música y otras tradiciones rituales han cruzado siglos por la simple fuerza de la cultura a la que pertenecen: Mee pa, mixtecos, amuzgos, nahuas y sus respectivas variantes lingüísticas y fenotípicas. Esta metáfora metodológica de un indígena se convierte en una entelequia óntica que nos permite abrir los ojos para poder entrar de lleno al universo sonoro de Guerrero. Es en este mundo abierto y mundo cerrado donde se ha desarrollado gran parte de la tradición musical de Guerrero.

Bajo el flujo y reflujo de las micro identidades, la música de Guerrero da traspiés y se endereza, se entrevera a otras tradiciones y permite alcanzar la gracia de la unicidad diversa y múltiple, principalmente la que sirve de acompañamiento ritual a danzas y fiestas sincréticas. Todavía violinistas y chirimiteros usan armonías del Siglo XVII, así como de corte prehispánico en piteros y tamborileros.

Erróneamente siempre se ha querido medir con la misma vara occidental metodológica a la música anterior al encuentro cultural con la España recién salida del atanor cultural del Islam. Y la música de flautas de Guerrero no escapa a esta norma equívoca y baladí.

En las siete regiones de Guerrero, incluyendo Acapulco, la música forma parte de la vida cotidiana y ritual, así como las comidas y las bebidas (especialmente el mezcal). Este cuaternario terrestre y celeste: música, mezcal, ritual y comida, ha sido el motor de la cultura suriana durante décadas.


Banda de música.

Los géneros.

En el puerto de Acapulco –centro integrador transcultural en los siglos XVI al XIX y hasta nuestros días, y primera experiencia neoliberal en México–, así como en las otras seis regiones de Guerrero, la música se ha dividido en vectores propios otorgándole a cada una autonomía y dependencia local. Es un doble juego en que identidad y reciclamiento cultural aparecen cortados por un localismo absorbente y a ultranza.

“Paralelo al significado que tuvo el puerto del Pacífico con el torcido astillero de Zacatula, las expediciones de Cortés –que pretendieron conquistar y explorar las aguas de ‘la mar del sur’–, y posteriormente la revolución económica, social, musical y sexual que representó la primera venida del galeón de Manila –conocido también como Nao de China–, le dieron la oportunidad a Acapulco de convertirse en un centro aglutinador de esperanzas, desvelos, negocios en lo oscurito y en pleno mar y cuya hegemonía terminó durante el periodo de la guerra independentista”.

En sus radas, barcos mercantes asiáticos, de América del Sur –principalmente– y de los puertos del Pacífico norte atracaron durante siglos y a su vez dejaron una cuerda tensada en la guitarra, el bongó y las maracas. La cuarta raíz asiática guerrerense la encontramos en el yinatán (comida a base de coco y pescado) y en la “tuba”, a la que le cantan sin saber por qué generaciones de guerrerenses:

Los besos que tú me das
tienen un sabor a tuba;
tienen un sabor a tuba
los besos que tú me das;
y a quien le das a probar
toditito lo atarugas…

(Fragmento de Atolito con el dedo, chilena de Tadeo Arredondo).

También la hallamos en infinidad de acentos, comidas y tipos raciales cuyos descendientes originales se mezclaron con indios, españoles, ingleses, franceses y mestizos.

En esa misma situación se hicieron nudo la chilena, el mambo, el bambuco, el bolero y una extraña mezcla de música costeña mixturada con ritmos colombianos; la prueba de ello es que son géneros que todavía están en boga en la Costa Chica, ya adaptados a su sentir propio.

Por otra parte, “en la geografía encrestada y bronca de la entidad, el turismo rural de la arriería jugó un papel de reciclador de símbolos culturales, debido a las enormes montañas, buenos o malos modales de ríos sin puentes y distancias que había que salvar para llegar a Acapulco desde la Costa Grande, de ahí a Tlapa en La Montaña; de esta ciudad… a Ometepec y de ahí a Taxco, Chilapa, Tixtla, Chilpancingo, y de todas estas ciudades a los centros de abasto localizados en Cuernavaca, la Ciudad de México y Puebla, por nombrar algunos de importancia. Nótese en este poema de Rubén Mora, un gajo del universo conceptual del costeño y su relación con otros estados:

Tú que tienes de Puebla y de Guerrero,
lo mucho que tu historia significa
no sé por qué te llaman Costa Chica
si es tan grande el amor con que te quiero”.

Todo este marco de influencias y vínculos recíprocos devino en una serie de reproducciones culturales propias de los géneros y subgéneros, por lo que es fácil seguir su huella entre los trovadores actuales. Los más representativos son el corrido, el son y la chilena (que podemos rastrear lo mismo en Tierra Caliente, que en la región Centro, que en otros espacios de nuestra entidad).